La primera vez que escuché Ave María fue cantada en plena calle por una subnormal. Era una gordita farfallosa que cantaba a voz en cuello por la zona de Lavapiés. Con gran alegría y entusiasmo, eso sí. Y bastante afinado, eso también. Lo suficiente para que yo, que sólo la conocía por referencias, la reconociera. Y la verdad es que me emocionó.
El disco acababa de salir. Es más, no estoy muy segura de que lo hubiesen distribuido ya por las tiendas. David Bisbal la había estrenado en la tele, en alguna de las secuelas promocionales del primer OT, y esta niña se la había aprendido de memoria y la había hecho suya a grito pelado. Eso es lo que significa ser popular. Al margen de las campañas, el marketing y las promociones: no es lo mismo que suenen tus canciones en las radiofórmulas conchabadas con la industria del disco que que la gente las cante por la calle. Ese es el verdadero éxito. Un éxito que muy pocas veces se da en estos tiempos de sobornos e intereses creados.
Y es que Ave María es una gran canción, totalmente enraizada en la tradición popular. Con esa imprecación a la Madre del cielo pidiéndole que interceda en nuestros amores. Tan poco actual que resulta irreverente. Sólo que en la poesía popular son las mujeres las que claman a la Virgen, no los hombres, pero ahora, como somos modernos, los hombres se están liberando y ya hacen esas cosas.
¿Y el intérprete? ¿Qué me dices del intérprete? ¡Vaya voz y vaya pelos! ¡Y qué bien daba caderazos en escena! ¿Y sus giros en plan trompo?... Un muchacho que llevaba siglos ganándose el pan y acumulando frustraciones en una de esas heroicas orquestas de verbena que se juegan la vida, prácticamente cada noche, haciendo frente a los borrachos y gamberros de los pueblos en fiestas. Un chico que cantaba con la urgencia del que se juega el todo por el todo. David Bisbal resucitaba la línea de los cantantes de pantalón ceñido y enorme voz, Camilos y Abrairas que habían deleitado al país años atrás; un artista excesivo en la línea española de Raphael, Marifé de Triana, Bunbury y La Faraona. El éxito no se hizo esperar. Modernetes y enteradillos rezongaban desde el principio, pero el pueblo llano enseguida le acogió en sus brazos. Con los pobres de espíritu en cabeza.
Después, Bisbal ha sacado dos discos más. Cada uno más pretencioso que el anterior. Y quizá peor. En el último, Premonición, sale crucificado en la portada. Pero bueno: él está consagrado, tiene una novia en cada puerto, hace anuncios de relojes, de perfumes... Los ricitos de oro le llegan a la espalda y los recoge hábilmente en un moñito. Por fin, decide raparse al cero y el mundo musical, que no tiene nada mejor en qué pensar, se conmueve. En fin, es uno más dentro del entramado de la música comercial moderna; con mejor voz y mejores caderazos, eso sí.
Pero no se volverá a repetir un momento como aquel, ni con Bisbal ni con otro: descubrir una gran canción antes en la calle que en la radio, cantada por alguien para quien una canción bonita era algo muy importante. O por lo menos lo parecía, porque ¡vaya gritos!
Texto: Patricia Godes
Ilustración: www.ivansoldo.com