POR JOSÉ INFANTE
Cuando parece que es inminente el fin del verano con su cada día más absorbente e insoportable vulgaridad, nos enfrentamos a un nuevo curso no solo político y académico.
De alguna manera, cuando llega septiembre, los asuntos que dejamos aparcados vuelven a presentarse delante de nosotros con la urgencia que nos demuestra que la vida continua, y con ella los problemas que tal vez hemos querido olvidar pero que son tan reales como la galopante crisis económica y la inacabable y macabra zarabanda política en la que parece que se entretienen los partidos, los gobernantes, la oposición, los diputados y los tertulianos, en lugar de buscar soluciones a las demandas y necesidades de los ciudadanos.
Recuerdo que dejamos pendiente, allá por el mes de junio, un tema importante, delicado y que no parece que nadie se haya tomado lo suficientemente en serio: la homofobia. La homofobia soterrada que persiste en todas las capas de nuestra sociedad, aunque a veces tengamos el espejismo de creer que no existe. Sobre todo la aterradora presencia de la homofobia en las escuelas. No solo en las escuelas, en todos los terrenos de la educación.
La homofobia como esa asignatura vergonzante, dolorosa y pendiente de nuestra educación y, por tanto, de nuestra democracia. Porque una sociedad no será verdaderamente democrática si no está educada en los valores de la igualdad, de la libertad y de la tolerancia.
Las personas que hayan vivido en la edad adulta, como yo, el proceso de la transición española de la dictadura franquista a la democracia, recordarán que en algunos momentos nos parecía que el carro de los derechos y de las libertades avanzaba muy lentamente, renqueante y a veces hasta con marcha atrás. Luego, cuando se aprobó la Constitución de 1978, pensamos que ya lo habíamos conseguido. Y resultó que también era un espejismo. Un espejismo del que despertamos con un histórico sobresalto. Pero también de aquella pesadilla creímos que nos habíamos librado. Era mentira.
En estos últimos años hemos tenido la ocasión de comprobar que tal vez el proceso, que nos parecía lento, fue demasiado rápido, y por eso quedaron en el camino muchas cosas por hacer, o mal arregladas, o solucionadas de manera falsa y provisional.
Una de ellas, una de las más sangrantes, ha sido, sin duda la educación. La educación ha fallado estrepitosamente. No solo en el campo de los conocimientos y de la formación académica, sino también en los valores que deberían conformar a los jóvenes.
Esa educación para la ciudadanía que ha acabado siendo, mucho me temo, como las tres marías aquellas de nuestra adolescencia, gimnasia, educación del espíritu nacional y religión. Palabras, conceptos vacíos, nada.
Parece mentira, al menos yo no logro entenderlo, que adolescentes, jovencitos y jovencitas de ahora mismo sean todavía capaces de lanzar a sus compañeros a manera de insulto esas palabras terribles: maricón, tortillera...
Educados como han sido en la libertad, en la democracia, en una supuesta igualdad, ¿cómo es posible que sigan reaccionando así? ¿Cómo es posible que los estudios sociológicos nos hablen de un rebrote de machismo entre nuestros adolescentes y jóvenes? ¿En qué hemos fallado? Recuerdo en mi primera juventud que solo el hecho de fumar con la mano derecha o llevar un jersey rojo te convertía en marica a la vista de los demás. A mí me pasó, aunque pueda parecer hoy increíble. Es verdad que en alguna cosa hemos avanzado.
Tener ademanes delicados o bruscos a nadie escandaliza ya. La educación mixta ha hecho mucho en ese aspecto y hoy todos los chicos se han feminizado un poco y todas las chicas se han masculinizado. Al estar juntos los ademanes se contagian y se copian, y hoy a nadie preocupa con qué mano se fuma, el color con que se viste y hasta que el maquillaje, la cosmética y la peluquería sean un territorio común para chicos y chicas.
Pero todo eso, con ser verdad, no es más que una máscara que oculta una soterrada intolerancia, una homofobia lastimosa y preocupante. Preocupante porque florece entre los más jóvenes. En mayo se celebró el Día Mundial contra la Homofobia, y este año el Orgullo Gay estaba dedicado a denunciar la homofobia en las escuelas. ¿
Qué se ha hecho aparte de gritar y pregonar unos ocurrentes eslóganes? Nada. Zapatero prometió una ley que penalizaría cualquier tipo de discriminación por razón de opción sexual, cualquiera que esta sea, ampliando y desarrollando lo que ya aparece en el artículo 14 del Capítulo II de la Constitución de 1978. Claro que también allí se dice que todos los españoles tienen derecho a una vivienda y a un trabajo...
Es verdad que existen prioridades, pero debemos poner la erradicación de la homofobia como una de ellas, convertirla en un delito, como la violencia de género, porque en caso contrario nunca seremos verdaderamente iguales. Y esteremos siempre amenazados por la intolerancia y su violencia.
José Infante es poeta, periodista y escritor. Acaba de publicar Daños colaterales (Ediciones Hiperión), Premio Ciudad de Córdoba-Ricardo Molina 2008.