Texto Lola Fernández
Ilustración www.ivansoldo.com
Varias razones para estar súper a favor de este vamp(iro), descafeinado para los que nos educamos en un morbo con más sudor y chicha, pero totalmente en sintonía con unos tiempos que licuan hasta los deseos. La primera: su blanca palidez y el dibujo de su sonrisa en ella me recuerda a la marquesa de Merteuil, versión Glenn Close, y a la gran mascarada, de maquillaje y de la otra, tras la que se ocultaba –ahora que lo pienso, el otro it boy del mainstream también luce una tez nívea y labios un poco Joker, con y sin varita–.
La segunda: con su tupé esculpido à la James Dean y su lánguida figura ha borrado del mapa a ese engendro del imperio del mal llamado Zac Efron, viva encarnación del sanote chico californiano con mechas que tanto le gusta exportar a la gran factoría de ídolos wasp precongelados que es Disney. La tercera: Jennie Garth, la rubia que Shannon Doherty/Brenda se merendaba en Sensa, amenaza con revelar su gran secreto íntimo, previa confirmación del mismo por parte de su marido, actor en la saga Crepúsculo (Carlisle Cullen para mejores señas). A Pattinson ni se le ha movido una ceja. A estas alturas de la película tanto da que da lo mismo que el interfecto se acueste con ellos o con ellas. Lo más probable, siendo como es un hijo de su tiempo, es que no haga ese tipo de distingos, y si eso no es ejemplo de constitucionalidad que venga el Tribunal del ramo y lo diga –la pareja Pattinson-Stewart es tan redundante que sobran las razones para no creérsela–.
Súper a favor, decía, de que sea Pattinson y no uno de los Jonas clones el que ocupe ‘El Gran Nicho’, y no me refiero al equivalente vampírico al Panteón de los Reyes precisamente. En El Gran Nicho, peligrosa tumba que ha encerrado a todo actor de vocación temprana, estuvieron antes Tom Cruise, Brad Pitt o Leonardo DiCaprio, pero son más los que no llegaron a salir jamás de la cripta.
Se trata de un mágico lugar en el que adolescentes, madres y padres de adolescentes, adultos perversos y/o románticos, buscadores de ‘nínfulos’ y nostálgicos de su propia pubertad se unen para ofrecerse juntos en sacrificio al mercado del entretenimiento, un círculo vicioso como el que más en el que vale todo. Todo, todo, todo. Y digo yo: ya puestos a caer en las garras de un señuelo, que sea en las de un vampiro, acaso una de las criaturas más despiadadamente bellas y tristes que ha construido la imaginación humana. Estamos condenados a picar el cebo de Luna nueva (en sus pantallas el 18 de noviembre). Ofrez-camos la yugular y que les den a los colgados del bronceado.