POR ALEX REI
Todavía con la resaca a cuestas, creo que es el momento de sacar alguna conclusión sobre las recién pasadas fiestas. Sin duda, un año más, el Orgullo se ha consolidado como la fiesta más popular, más frecuentada y más animada de Madrid.
Contaba la prensa que los hoteles de la capital conocieron durante ese fin de semana una ocupación cercana al 90%, y en las calles se podía observar que la presencia de gente venida de otros países era casi mayor que cuando se celebró aquí el Europride. Este éxito no ha pasado inadvertido para nuestro ayuntamiento, y ya están empezando a sonar las voces que hablan de la necesidad de trasladar las fiestas a otro sitio, sin saber muy bien adónde y en qué formato.
Si bien es cierto que el gobierno local dio marcha atrás, también lo es que estamos acostumbrados a que hagan lo que quieran sin escuchar a los vecinos. O sin atender a todos los ciudadanos, sino únicamente a los que los concejales del PP quieren oír. Si estas fiestas son más exitosas que otras (como las de la Paloma, que se celebran en el barrio donde vivo) es porque están mejor situadas en el calendario y marcan el pistoletazo de salida del verano, de la actividad en las calles.
Funcionan como un breve espejismo de cinco días en los que la fiesta en las calles de Madrid vuelve a ser posible. Ahora, con la resaca, nos damos cuenta que fue solo un sueño, una libertad vigilada, porque en estos tiempos que corren todas las libertades que nos conceden son bajo vigilancia.
No obstante, el éxito de las fiestas no debe hacer que pasemos por alto las paradojas y contradicciones que ellas mismas albergan. Porque si bien es cierto que se suelen presentar como unas fiestas abiertas donde todo el mundo acude, yo no sé si eso es debido a la tolerancia y aceptación de la diversidad afectiva y sexual o, más bien, se debe simplemente al hecho de que se puede hacer botellón sin sufrir el incordio de las multas. Este año el lema de la manifestación era “Por una escuela sin armarios”.
Efectivamente, en los colegios e institutos sigue habiendo mucha homofobia, mucha discriminación hacia aquel que es diferente y tiene la valentía de no ocultarlo. El sábado, después de la manifestación, Chueca se llenó sobre todo de heterosexuales, y me sorprendió escuchar cómo muchos hacían comentarios que eran claramente homófobos. Quizá es por ello por lo que realmente esa gente nos echa el sábado de nuestro barrio y nos recluye en fiestas a precios desorbitados en lugares alejados del centro, siguiendo el modelo que parece desear la concejala Botella para nuestras fiestas.
Muchos de los que acudieron a Chueca el fin de semana, atraídos por la música y la posibilidad de hacer botellón, siguen discriminando o ridiculizando a los gays que tienen a su alrededor, con lo que la fiesta parece que no sirve mucho para la ansiada integración.
Y es que quizá de donde tenemos que sacar los armarios es del mercado. Parece que los gays hemos asumido que nuestra aceptación viene de la integración en las dinámicas mercantiles. El ayuntamiento nos permitirá seguir haciendo la fiesta en las calles del centro siempre que saque un buen pico que le ayude a paliar el déficit de sus cuentas, siempre que vengan hordas de turistas dispuestos a vaciar sus bolsillos, siempre que todo funcione como una forma de estimular el consumo en este momento tan necesitado de políticas keynesianas.
Todo esto está muy bien, pero olvidamos lo fundamental: que no estamos celebrando una fiesta porque sí, sino que estamos en la calle porque queremos que se nos vea y se nos respete. Queremos quitar de todos los ámbitos de la vida pública esos armarios que siguen existiendo y donde se tienen que esconder muchas personas en su día a día. Lo mercantil, lo festivo, lo colorido, no debe dejarnos olvidar que lo fundamental está en el acto de reivindicación política. Ésa de la que muchos maricas pasan porque quizá están ellos también en el lado de los ganadores del mercado.
El año que viene el motivo de la semana tendría que ser la eliminación de esos armarios que los propios homosexuales creamos para dejar dentro a todos los que no se adecúan al prototipo mercantil: los que sufren la crisis, los que son mayores, los que no salen, los que no son modelos de portada de revista, los que tienen que huir para poder ser ellos mismos, los que han perdido a su familia por ser quienes son. Todos aquellos que, quizás, el sábado salen del armario pero el resto del año se mantienen dentro de él. Me temo que el mercado poco hará por su libertad, porque libertad y mercado, libertad personal y capitalismo, al final resultan incompatibles.
ÁLEX REI (jotaele26@yahoo.es) ES ESCRITOR. SU ULTIMA NOVELA PUBLICADA ES EL DIARIO DE JOTA ELE 2. ABRIENDO PUERTAS (ODISEA EDITORIAL).