Texto Alvaro De La Torre
Ilustración www.ivansoldo.com
La idea de perder unos de los rostros más característicos del cine por culpa de la toxina botulínica resulta devastadora. Cada vez resulta más complicado reconocer a las actrices de su generación y evadirse con sus interpretaciones carentes de expresión. Sin embargo, la sola presencia de la Pfeiffer en cualquier proyecto inquieta, atrae y seduce en grados muy excesivos.
Debutó con 20 años tras seguir el consejo de un amigo (“si no tienes otra cosa mejor que hacer, entonces dedícate en cuerpo y alma a ser actriz”), y se alimentaba fundamentalmente a base de Coca Cola y cigarrillos. Su primer papel estelar fue en El precio del poder, de Brian de Palma, junto a Al Pacino. Y con sus interpretaciones de Madame de Tourvel en Las amistades peligrosas y de la condesa de Olenska en La edad de la inocencia esta californiana de costumbres rectas se convirtió, por derecho propio, en musa del cine de época. Y es que no hay actriz que mueva un corpiño como ella.
De la noche a la mañana Michelle Pfeiffer también se convirtió en un icono de la cultura urbana de los 90. Su participación en la película adolescente Mentes peligrosas le valió la admiración de una generación que la mantuvo durante algunos años en las portadas de la Super Pop. Y gracias a su capacidad para sorprender en papeles imposibles, logró justificar su presencia en Íntimo y personal de Jon Avnet, y consiguió no caer mal durante una etapa de aislamiento familiar en la que sus aires altivos y distantes la transformaron, por fin, en la diva que es hoy.
Después de treinta años, la Pfeiffer ya no es la enigmática apasionada que seducía con tan solo una mirada, que enamoró a John Malkovich y que vivió durante tres años con el actor Fisher Stevens. Ahora tiene un toque más señorial, una estrella en el Paseo de la Fama y varias experiencias en no conseguir el Oscar; pero sigue trabajando para no terminar a lo Melanie Griffith o Sigourney Weaver, es decir, en el injusto baúl de los recuerdos. Así que ha tomado una decisión muy inteligente: enfrentarse a sus propios miedos e interpretar a mujeres maduras.
“Me resulta muy complicado encontrar papeles interesantes. La sociedad se muestra implacable con el hecho de ir cumpliendo años”, declaraba recientemente. Pues en noviembre regresa a las gran pantallas con Chéri, basada en una novela de Colette, donde ha vuelto a dirigirla Stephen Frears. Es un drama de época, ambientado en el desquiciante pero adictivo París de las vanguardias, donde interpreta a una meretriz de avanzada edad que se enamora de un joven seductor: el papel perfecto para ella.
Comparada por muchos con la inigualable Garbo por su mirada hipnótica, felina y misteriosa, Michelle Pfeiffer parece dispuesta a demostrar que, con más de 50, aún le queda mucho por andar.