POR LUIS ANTONIO DE VILLENA
Pocos se habrían atrevido a pronosticarle al zarzuelero compositor Federico Chueca (de tanta fama en el Madrid castizo) que un barrio un tanto bohemio y muy de clase media, puesto a su nombre, iba a ser uno de los iconos de la libertad del mundo LGTB...
Y sin embargo, el emblemático Chueca está lleno de problemas casi insolubles si no se va cambiando o alargando su ubicación. No sería erróneo decir que Chueca está a punto de morir de asfixia, debido a su propio éxito, con matices. No vendrá mal un repaso. Desde los pasados años 40 (si no antes, recordemos la “Carmencita” que frecuentaba Lorca), Chueca conoció una moderada vida nocturna de lugares libres y, como he dicho, bohemios, muy del mundo de la farándula, con una clásica vida diurna de clase media baja.
A partir de ahí, Chueca vio todo tipo de vicisitudes, empezando por pioneros lugares ‘gay’, aún con cierto disimulo, hasta un hartazgo de robos nocturnos y trapicheos de droga. A todo ello puso fin (principios de los 90) la eclosión de un Chueca que fomentaba la más normal visibilidad gay/lésbica, y hasta lo que muchos juzgaron como aparición de una clase urbana de gays preparados y ejecutivos, que vivirían en Chueca, y que llamarían la atención por un redoblado poder adquisitivo e incluso por cierto tonillo cultural más alto y refinado. Y, en efecto, así fue al principio.
Los pisos que daban a la recoleta plaza de Chueca subieron de precio (es ya pasado) y proliferaron tiendas de moda ‘chic’ o ‘fashion’ y hasta especializados negocios culturales. El caso es que esa emergente clase ‘gay’ renovada, culta y con poder adquisitivo, casi ha brillado por su ausencia. Y desde luego, si llegó a estar en Chueca, abandonó ya el predio. De otro lado, si los editores no gays empezaron apostando por ese supuesto mercado ascendente, enseguida se percataron de que la masa de Chueca lee muy poco y de que las mejores novelas de temática gay o lésbica –hay mínimas excepciones– no tenían más sino menos lectores, por lo que enseguida iniciaron la poca camuflada y casi homófoba política de no alentar en demasía la temática homo.
El público heterosexual la acepta pero no la lee, y el homosexual (desdichadamente) no se caracteriza por su alta cultura.
La supuesta elite de Chueca ha desaparecido (o casi) y el barrio, y sobre todo la emblemática placita se ha gregarizado y afeado hasta extremos sorprendentes. En verano parece casi una plazuela medieval, llena de marginados, pedigüeños, titiriteros y todo tipo, más bien cutre, de músicos ambulantes. No me parece mal que un colectivo marginado durante siglos (el LGTB) haga un sitito a otros marginados, pero sin llegar a perder su modo.
En los meritorios y merecidos días del Orgullo Gay, Chueca es una compacta masa cerrada, donde gays y lesbianas se mezclan con gran cantidad de parejas heterosexuales que acuden al mogollón. Claro que es estupendo que Chueca se llene de amigos solidarios, pero tengo serias dudas de que los heteros que llenan Chueca en verano lo hagan por honrosa solidaridad LGTB. Creo que su solidaridad más visible está con la juerga (bendita sea) y con el botellón, practicado sin higiene y a mansalva. Cierto que el Ayuntamiento –que no se esmera– debería poner esos días cabinas sanitarias, pero no menos cierto que la noche posterior al Orgullo, Chueca hiede a meados a vomitona... El suelo (faltan contenedores) queda lleno de bolsas de plástico, latas y botellas vacías y charquitos varios y sobrantes. Un espectáculo poco gay, sucio y de mal gusto. No sé cómo vecinos y comerciantes aguantan. El pez apenas respira en la pecera sucia. Chueca parece esos días y noches de estío cada vez menos gay, y el éxito mata a la gallina de los huevos de oro.
Es evidente que Chueca puede y debe quedar como el emblema que ha sido, pero ahora mismo es demasiado cerrado y variopinto (más que estrictamente gay) y necesita expansionarse. La plaza Vázquez de Mella –mucho más amplia– está al lado, pero no parece sostener el relevo con pulso y gallardía. ¿Otro territorio para el Día del Orgullo? Y por qué no. Creo que los vecinos lo han solicitado ya al Ayuntamiento, y si este no se vuelca en Chueca (como lo hace por agosto en la Verbena de la Paloma) acaso sea porque con su relativa dejadez, trufada de tolerancia, quiere hacer patente que no solo los vecinos están en desacuerdo con el mogollón actual botellonero, sino que tampoco muchos colectivos gays (abiertos a la solidaridad pero no a la falta de higiene) desearían lo que ven ahora.
¿Dónde está la necesaria alternativa a Chueca? La verdad es que en la Casa de Campo no, pero obviamente hay que buscarla, no para eliminar Chueca (debo insistir) sino para dejarla en sus límites y usos cabales. Chueca muerta de su propio éxito. Cuando menos, agonizante.
LUIS ANTONIO DE VILLENA ES ESCRITOR. SU ULTIMA OBRA PUBLICADA ES EL DICCIONARIO BIBLIOTECA DE CLÁSICOS PARA USO DE MODERNOS (EDITORIAL GREDOS)