Judi Dench sufrió lo que en España llamamos "el síndrome Lola Herrera". Ambas se dieron cuenta de que, aunque se creían famosas gracias al prestigio cosechado en una laureada trayectoria teatral, la celebridad no llegaría hasta que se decidieran a asumir papeles de mierda. La opción de Dench fue teñirse el pelo de rubio platino para interpretar a M en la saga de James Bond de la "era Goldeneye", una variante cool de la Carmen Arranz de Un paso adelante. Y ambas descubrieron que la popularidad poco tenía que ver con el talento y la intelectualidad.
Dench, nacida nada menos que en York, ha sabido orientar su posterior carrera en cine mejor que la Herrera, desde luego, y ha conseguido desplegar en la gran pantalla su madurez elegante, la templanza asumida de los exquisitos modales británicos que sólo pueden provenir de las tablas de un escenario de la Royal Shakespeare Company.
Pero también tiene la Dench un toque marujo, que es al que da ahora rienda suelta en Diarios de un escándalo, en donde interpreta a una profesora lesbiana y resentida que acaba convirtiendo lo que parece a primera vista un drama de personajes en un descabellado thriller de sobremesa. Pero no importa. Judi está tan matizada y genial como de costumbre y, como también es costumbre, ha optado al Oscar a mejor actriz. Precisamente, con seis candidaturas en diez años, también hay que señalar otro síndrome en ella: la llamada "patología de Meryl Streep". Jamás será premiada de nuevo, porque ya la descartaron al darle el Oscar por su primer papel en Hollywood, aunque fuera con esa tontería de siete minutos que hizo con dentadura postiza en Shakespeare enamorado. Cosas del star system.
Pero bueno, Judi, siempre quedarán los BAFTA. De hecho, ya tiene seis en casa. Porque el pueblo británico sí que es fiel y, además, desde hace cuarenta años. Desde que debutó en Four in the Morning en 1965, concretamente, por la que le dieron el premio revelación treinta años antes de que se "revelara" para Hollywood. Ellos sí supieron colocarla en sus dramones shakesperianos y no como secundaria en comedietas graciosas, además de darle el título de Dama de Honor de Isabel II y ofrecerle los mejores papeles con los mejores directores. Dench, que además proviene de familia cuáquera -es que no se puede ser más brit-, también dirigió en el teatro Mucho ruido y pocas nueces, con Kenneth Branagh de protagonista, quien como director la ayudaría en su carrera cinematográfica ofreciéndole papeles pequeños pero jugosos en Enrique V o Hamlet.
Aunque, claro, para llegar al gran público Dench tuvo que darle caña a Pierce Brosnan, y entonces ya pudo aspirar al protagonismo con el que deslumbró en Su majestad Mrs. Brown -el precedente hábil y mordaz de La Reina-, Iris y Mrs. Henderson presenta. Desde entonces, pocos quedan que se resistan a sus dotes de mujer dominante y señorial. Y desde luego, los señores Tony, Oscar y Emmy no están entre ellos.
TEXTO: MATEO SANCHO CARDIEL
ILUSTRACION: WWW.IVANSOLDO.COM