Un día, cuando tenía ocho años, Dana Eilane Owens vio a su primo con un libro de nombres árabes y, cuando llegó al de Latifah, decidió que ese compendio de “delicada, sensible y amable” parecía haberse escrito para ella. Sin dudarlo, lo adoptó como suyo, y quiso rematar su ataque de modestia añadiendo el nombre de Reina a todo ese rosario de virtudes. Pero para el futuro iba a necesitar esa autoestima, porque Queen Latifah se convertiría con el tiempo en la estrella del mundo del espectáculo que más reivindicaciones cargaría en sus espaldas: mujer, negra, lesbiana, hiphopera y gorda. ¿Alguien da más?
Efectivamente, Latifah tuvo que luchar, por una parte, para ser una de las primeras damas de un género tan poco dado a la aristocracia como al sufragio universal: el hip hop.
Claro que en España, por aquella época –los primeros años 90–, lo más cercano al rap que se conocía era El príncipe de Bel-Air. Por otra, su físico orondo –tuvo que reducirse los pechos incluso– se lo puso difícil en Hollywood y, ya famosa, tuvo que soportar que su éxito de taquilla Bringing Down The House fuera estrenado en España como Se montó la gorda.
Ella, muy digna, asumió las labores de modelo de ropa interior para tallas grandes y, para el cine, se ciñó ese vestido dorado Freixenet que dejó a más de uno boquiabierto y semierecto en Chicago (se puede ser sexy con varias decenas de kilos... ¿de más?). Y nominación al Oscar al canto, nunca mejor dicho, aunque Catherine Zeta Jones, su compi en la peli, se llevó el premio.
Así que, por mucho Grammy que hubiera ganado por el himno U.N.I.T.Y, aunque hubiese acompañado ya a Meredith Brooks en su comienzo del fin, Lay Down, y protagonizado una serie de la FOX durante cinco años –Living Single–, fue entonces cuando el mundo empezó a enterarse de quién era Queen Latifah.
Comenzamos a relacionar que era la misma que había robado planos a Denzel Washington, postrado en una cama, en El coleccionista de huesos. Y a reconocerla, ya más adelante y pese al infumable pelucón rubio, en el musical más ligerito y delicioso de los últimos años, Hairspray. Aunque también empezamos a ver que le iba la marcha y le perdía lo chusco: Taxi, La barbería 2, etc.
Ahora parece que se refina un poco más, aunque sea como comparsa de la musa más joven de Marc Jacobs, Dakota Fanning, en la recién estrenada La vida secreta de las abejas.
Y hablando de secretos, la ya consolidada Queen decidió que era el momento de romper la (pen)última lanza de su carrera: la de su vida personal. Así que, ni corta ni perezosa, dejó caer que su entrenadora personal era lo que Carlos León fue a Madonna. Pero esta vez parece que habrá boda. O que la hubo. Eso ya, mejor dejarlo en manos de los tabloides. Pero vamos, que además de delicada, sensible y amable, eres grande, Latifah.