POR LUISGÉ MARTÍN
Lo peor de todo el alboroto que se ha formado alrededor del libro de Pilar Urbano, no ha sido descubrir que la Reina es rancia, sino darnos cuenta de que es bastante pánfila, si se me permite decirlo sin desacato ni ultraje. Lo primero, lo de su ranciedad de ideas, seguramente lo sabíamos ya, pues a buen entendedor pocas palabras bastan; de lo segundo, en cambio, de su simpleza intelectual, no teníamos ni idea. Arropada siempre por una fama de mujer culta, sensible e instruida, no podíamos imaginar que doña Sofía –doña Sabiduría– pudiera repetir algunas boberías más propias de portera de corrala que de reina europea. La Reina, como Sarah Palin, no ha leído a Darwin ni ha debido de oír nunca hablar de él, pues asegura con una tranquilidad pasmosa que hay que seguir enseñando religión en los colegios para que los niños conozcan el origen de la vida. ¿No estaban esas lecturas en su plan de educación monárquica, no le hablaron de la Teoría de la Evolución durante esos severos años de formación en los que la adiestraron para ser una reina “profesional”? A continuación, doña Sofía se declara radicalmente en contra de la eutanasia y absolutamente a favor de la muerte digna, que es como oponerse al crepúsculo pero patrocinar las puestas de sol. Es de suponer que alguien –la propia Urbano, quizá– le habrá dicho a la Reina que la eutanasia es una cosa muy mala que hacen a traición, sin el consentimiento del paciente ni de sus familiares, unos médicos siniestros vestidos con batas negras y embozados, mientras que la muerte digna consiste en velar pacientemente en la cama del enfermo y darle calditos de pollo durante la agonía. Con esos presupuestos, es posible que incluso yo comparta las opiniones de la Reina.
Hay más carne en el asador. Doña Sofía se queja de que los republicanos desaprueben la herencia del trono al mismo tiempo que dejan en herencia a sus hijos los pisos que tienen, el dinero de sus cuentas corrientes y su colección de cedés. Qué listos, los republicanos. Qué hipócritas. Ellos pueden legar la alacena de la abuela a sus vástagos, pero se quejan de que don Juan Carlos le deje a Felipe la Jefatura del Estado...
Y vamos ya a la homosexualidad, que es solo una guinda en todo el pastel, aunque a nosotros nos ciegue la pasión. “Puedo comprender, aceptar y respetar que haya personas con otra tendencia sexual”, dice la Reina con una fraternidad que hace temer lo peor, “pero ¿que se sientan orgullosos por ser gays? ¿Que se suban a una carroza y salgan en manifestaciones? Si todos los que no somos gays saliéramos en manifestación... colapsaríamos el tráfico.” La verdad es que estos argumentos analfabetos, manidos y necios aburren ya, pero uno se resigna a encontrarlos en boca de un tendero de provincias, de un chupatintas de notaría o de una aldeana sin instrucción, no en la Reina de España, que tiene a su disposición todas las claves para descifrar el problema, que ha viajado por medio mundo, que ha escuchado a buen seguro a miles de personas marginadas y ha compartido mesa con gays ilustres.
Los gays, Majestad, no estamos orgullosos de serlo; no estamos aliviados por no haber nacido heterosexuales, no sentimos una dicha inacabable por poder practicar el coito anal en lugar del vaginal –los varones–, no nos parece que la quintaesencia de la perfección humana sea la homosexualidad. No, no es eso. Orgullo gay quiere decir no-vergüenza gay. Orgullo es, en este contexto antónimo de vergüenza, no sinónimo de soberbia o de vanagloria. El orgullo, aquí, describe que después de siglos de catacumbas, dimos la cara y salimos, con nuestras boas de plumas, a la plaza pública. No somos tan imbéciles de creer que la homosexualidad es un estadio de la evolución –esa cosa de Darwin– superior a la heterosexualidad. Estamos orgullosos de ser gays, estamos satisfechos de serlo. El orgullo gay es un sentimiento político, reivindicativo, público, no una emoción íntima.
Y por eso nos subimos a las carrozas, fíjese. Y por eso mismo no se suben ustedes los heterosexuales: porque no tienen nada que reivindicar. ¿Qué iban a pedir los heterosexuales en sus manifestaciones? ¿Qué derechos, qué igualdad? ¿Por qué se manifestaban las sufraguistas y no los hombres que ya votaban? ¿Por qué Martin Luther King era negro y le coreaban los negros? Le voy a decir además otra cosa que quizá le ayude a entender esta cuestión, Majestad: algún día, que todos esperamos no muy lejano, dejaremos de manifestarnos en carrozas y de tener orgullo. Hemos alcanzado ya muchas de nuestras reivindicaciones, y en cuanto desaparezcan de nuestro paisaje los cardenales demoscópicos y las reinas homófobas no tendrá ya sentido seguir haciéndolo.
Yo sigo creyendo, como Sócrates, que no hay reinas malas, sino ignorantes. Es muy grave que doña Sofía tome posición política y que esa posición coincida además con el reaccionarismo más maloliente. Es muy grave que no fuera capaz de darse cuenta de las consecuencias incendiarias que sus palabras iban a tener y que aprobase la edición del libro con tanta frivolidad. Pero lo verdaderamente grave, a mi modo de ver, es que sea tan paleta y tan corta de entendederas. Es evidente que a la Reina, tan de cerca como la muestra Pilar Urbano, le huele el aliento.
LUISGÉ MARTÍN ES ESCRITOR. SU ÚLTIMA OBRA PUBLICADA ES LA NOVELA LOS AMORES CONFIADOS (ALFAGUARA).