La primera vez que fui a ver a Paco España, en el Gay Club del paseo del Prado de Madrid, iba con mi novio de entonces, un futbolista rubio de tercera división, y con la novia de mi novio. Así era la España jaranera a mediados de los 70 del siglo pasado: un repentino club gay de decoración y comodidad más bien tirando a fatal, pero atiborrado de maricas sueltas, homosexuales medio escondidos y medio atrevidos de toda edad y condición, parejas o tríos sorprendentes, matrimonios respetables pero deseosos de probar lo más moderno en la materia, ‘secretas' con unas ganas locas de perder los papeles y un rey absoluto del cotarro llamado Paco España, el primer transformista que revolucionó las cabezas, las emociones, los deseos y las ingles (por no decir los oídos, porque la verdad es que aquella fiera del escenario era un poco perra cantando) de aquel país inquieto, impaciente, rebotado, escarmentado, ansioso de libertad.
Paco España fue grande, grande, grande. Se puso la España pacata y machista por peineta, se enfundó la bata de cola como quien se va a la guerra vestido a lo Lola Flores, taconeó (gracias a aquellas piernazas de alpinista de pueblo) con la furia de quien le va la vida en ello, y voceó sin miramientos, pero con toda la pasión del mundo, las coplas más raciales de La Faraona y de otras señoras enormes de la canción española, o hallazgos propios, entre petardos y reivindicativos, como aquel Qué disparate es el cariño de la Tomate o el muy sentido Mi vida privada.
En realidad, la vida privada de Paco España era parte imprescindible de su poderío. Estaba casado (con una mujer, claro), tenía hijos, y se presentaba como una mujerona desatada y dispuesta a perder por un hombre todo lo que hubiera que perder (de hecho, lo hizo), y ponía tanta voracidad de hembra feroz, y tanta pintura incontinente, en aquella cara inconfundiblemente varonil y canaria que resultaba irresistible. De pronto, España entera, aún con el franquismo a cuestas, quiso ser como él.
Ahora ha muerto, a los 67 años, en su Las Palmas natal, y es de justicia recordarle y agradecerle todo lo que hizo, rendirle homenaje en este país en el que ser homosexual ya no es lo que era. Paco España le echó coraje fantasioso y talento de aluvión a su biografía personal y a nuestra biografía colectiva, nos hizo a todos más libres y más alegres, se encarnó en nuestras esperanzas y nuestros desatinos. Por eso, porque fue pionero, valiente, desgarrado, desafiante, desbordante, artistazo, cabal y divertido, todos fuimos entonces Paco España.
