Todavía habrá quien piense que su papel de ilustrador gay en La mecedora, obra de Jean-Claude Brisville que dirige Josep Maria Flotats para el Centro Dramático Nacional, supone la primera incursión de Daniel Muriel en el teatro dramático. Nada más lejos de la realidad. Pero es que la pinta de guasón la disimula muy mal.
Entrevista Pablo Giraldo
Foto Miguel A. Fernández
Gajes de la televisión -o de Escenas de matrimonio, para ser más exactos-, a Daniel Muriel le ha tocado lidiar con el sambenito de un tipo de personaje que en absoluto esperaba interpretar cuando estudiaba en la RESAD. "Intento hacerme valer tanto en comedia como en drama, pero la tele ha creado mi imagen: trabajas en una serie cómica de éxito, pues eres un cómico", cuenta. "Recuerdo que cuando empecé haciendo comedia en Noche de fiesta, a mis compañeros de la escuela de arte dramático les chocaba mucho, porque siempre me habían visto en un registro dramático. Me considero muy payasete y creo que entiendo los tiempos de la comedia, pero no por ello la gente tendría que sorprenderse si me ve en una tragedia como Leonor de Aquitania".
La mecedora, que protagoniza junto a Eleazar Ortiz y Helio Pedregal, bajo la dirección de Josep Maria Flotats, en el Teatro Valle-Inclán de Madrid, es una obra que no renuncia a la comicidad, pero su trama se acerca inequívocamente al drama: Jerónimo (Pedregal), un lector profesional que trabaja seleccionando manuscritos, es despedido a causa de la nueva política de recortes del famoso grupo editorial para el que trabajaba. Lejos de conformarse con la decisión, se presenta en casa de Osvaldo (Ortiz), el director de la empresa, para exigir explicaciones. Y allí llega también Gerardo (Muriel), el ilustrador de la editorial, aunque por motivos que tienen que ver con la relación pseudosentimental que mantiene con su jefe. Forzado el encuentro, la tensión no tarda en aflorar y estalla una discusión a tres bandas. "Entiendo que Josep Maria quiera montar siempre a Brisville, que trabajó casi toda su vida en el negocio editorial, porque sus textos son muy inteligentes. Sin ser comedia, siempre hay ironía y cuentan muchas cosas con una sutileza extrema. Como la homosexualidad de mi personaje, que está tratada con toda la naturalidad en una situación nada sencilla: mi personaje y el director están juntos pero no llegan a ser pareja; no por nada, sino porque el director es un tipo cerrado, silencioso, que no siente".
La primera vez que Daniel Muriel se subió a las tablas de manera profesional fue con La cena, también de Jean-Claude Brisville y de la mano de Flotats. Así que, de alguna manera, con La mecedora, en la que se repite este combo autor-director por tercera vez después de la celebrada El encuentro de Descartes con Pascal Joven, se cierra un círculo. "Espero que sea un círculo que se repita muchas veces, que me vuelvan a llamar. Con La cena mi responsabilidad era menor, el peso de la obra lo llevaban Carmelo Gómez y Flotats. Ahora es mucho mayor, en el CDN y con la presión de que si Josep Maria ha vuelto a confiar en mí tengo que hacerlo tan bien como espera". Desde aquel primer contacto con el teatro profesional, hace casi ocho años, mucho ha cambiado su situación como intérprete tras conocer la popularidad masiva en televisión y saber aguantar el tirón en teatro con el éxito de una obra como Toc Toc, que sigue representándose en Madrid. "Ahora tengo más confianza en mí mismo. Y haber pasado por un boom como el de Escenas de matrimonio, que te hace enfrentarte a los fans en la calle, te coloca en tu sitio como actor".
Con la perspectiva que da el tiempo, recuerda aquella etapa como algo brutal y agotador, un caso digno de estudio para un serie por la que nadie apostaba. "Para un fenómeno así, que uno nunca espera, nadie te prepara. Cada uno lo llevó como mejor pudo. Yo, personalmente, creo que lo llevé bastante bien, aunque tuve que estar un año tranquilo y viajando para entrar en equilibrio, porque a mi cuerpo le pasó factura". No lo veían así las hordas de fans que inundaron Internet con vídeos y capturas de la serie en las que enseñaba cacho, y que de la noche a la mañana lo convirtieron, para su sorpresa, en un inesperado objeto de deseo. "Siempre me lo tomé con mucho humor, porque nunca me he considerado ningún guaperas, ni mucho menos cachitas. Además, en Escenas de matrimonio se suponía que era un hombre cotidiano, con sus lorcillas y kilos de más. Nunca he ido de galán, aunque casi siempre me dan ese papel. Ese es el motivo por el que cada vez me cuido más. Lo único que lamento es que ahora estoy mucho más en forma que en aquella época. ¡Ya podría estar ahora saliendo todo el día de la ducha como en la serie!".
LA OBRA LA MECEDORA SE REPRESENTA EN EL TEATRO VALLE-INCLÁN (PZA. LAVAPIÉS, S/N) DEL CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL DE MADRID HASTA EL 19 DE FEBRERO.
