Mírala bien. La actriz que cuenta con el mayor número de nominaciones de la historia de los Oscars -un total de dieciséis, de las que dos se materializaron en premio-, la misma a la que Hollywood hace décadas que no premia porque da por hecho que el suyo es siempre un trabajo impecable al que le sobran las medallas, llega este año decidida a invertir esa tendencia. Parece que, cansada de ver durante casi treinta años cómo la estatuilla dorada pasaba por delante de sus ojos -hay que recordar que la última vez que recogió un Oscar fue en 1983 por su brutal interpretación en La decisión de Sophie-, Meryl Streep vuelve más decidida que nunca a conquistar a la Academia. Atendiendo al personaje de raza que interpreta en La dama de hierro, nada menos que a la ex Primer Ministro del Reino Unido, Margaret Thatcher, pocas opciones deja a sus competidoras este año -los nombres más barajados son los de Viola Davis, Glenn Close y Michelle Williams-. Casi podría decirse que este biopic se sostiene única y exclusivamente gracias a su trabajo metódico, al titánico esfuerzo de mimetización en el que es difícil discernir dónde termina Margaret Thatcher y comienza Meryl Streep. Incluso la propia actriz parece ser consciente de las limitaciones de una película que desaprovecha los aspectos más interesantes de la mandataria haciendo olvidar al espectador con su imponente presencia las limitaciones del filme. Y si por una rocambolesca conspiración hollywoodiense -cosas más raras se han vivido en el Kodak Theatre- este año a la Streep se le vuelve a escapar el Oscar, nadie duda de que el año que viene repetirá nominación con Great Hope Springs, de David Frankel, o con la comentada adaptación de Agosto (Condado de Osage) que ya ha comenzado a negociarse.
La película La dama de hierro se estrena el 5 de enero.

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