Es realmente especial la música que firma el artista griego Othon Mataragas. Y cuesta definir lo que se escucha en su segundo álbum, Impermanence (Cherry Red Records). Lo suyo es un pop barroco en el que plasma sus obsesiones e inquietudes dejándose llevar por ciertos delirios de grandeza. "Impermanence es más dramático que melodramático", apunta. "Mi música se podría relacionar con la pintura de John Martin o la obra de Hector de Gregorio. Un sentimiento de grandeur recorre el disco, sí, incluso en sus momentos más íntimos. Hay tanta melancolía como coquetería en él". Y muchos estilos combinados como solo él lo sabe hacer. "El mejor pop es el que tiene personalidad, una fuerte identidad", explica. "Tu música debe salirte del corazón, para que su honestidad conecte con quien la escucha". En Impermanence vuelve a contar, como en su debut, Digital Angel, con sus mejores amigos, que además son vocalistas de primera. "Componer para ellos me permite rodearme de su belleza y su aura. Contar con intérpretes de la talla de Ernesto Tomasini y Marc Almond es un lujo". En la portada de su nuevo álbum aparece por duplicado, cual ángel y demonio, de blanco y de negro, apuntando a un corazón. Tiene su porqué. "Es un disco más equilibrado que el anterior, en el que coexisten en armonía elementos aparentemente extremos. Refleja mi estado actual". Othon, que ha trabajado con el director Bruce Labruce y cuya música incluso formó parte de la exposición Gay Icons de la National Portrait Gallery, sigue resistiéndose a que le etiqueten. "Prefiero que digan que mi trabajo resulta gay antes que hetero. Pero tampoco es eso: ‘pansexual' es el término que mejor define mi música".
A.G.C.
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