Terrence Malick, director que solo ha rodado cinco películas en 38 años, ha convertido su cine en un género en sí mismo. Sus películas aspiran a convertirse en obras de arte, van más allá de lo narrativo para ofrecernos una catarata de ideas y emociones, una extraña poética de la vida que salpica cada fotograma.
El árbol de la vida es un relato de iniciación a la vida, una visión cósmica de la existencia, un crudo análisis de la infancia protagonizado por un matrimonio y sus tres hijos sobre los que sobrevuela una muerte que marca la existencia de uno de los hermanos, al que vemos de adulto movido por un anhelo de espiritualidad y consciente de que el tiempo perdido es irrecuperable.
Ganadora de la Palma de Oro en el pasado Festival de Cannes, es una película complejísima y portentosa. Cine en su máxima expresión. Sientes que Malick se ha dejado el alma en cada plano, en cada detalle de la opresiva atmósfera del relato. Cuesta mucho no emocionarse con este descarnado retrato de la infancia, con ese padre recto y autoritario contrapuesto a una madre optimista y generosa, con la mirada de esos niños que se aferran a su inocencia para no perderla jamás.
Aunque El árbol de la vida es también por momentos caótica y peligrosamente pedante. Llega a cansar esa primera media hora en la que se suceden los volcanes en erupción y se detalla el origen de la vida en el planeta, con aparición de dinosaurios incluida. Imágenes perfectas para un documental pero que aquí resultan impostadas, un recurso lírico demasiado evidente y reiterativo. Sucede lo mismo con el final, con ese Sean Penn reencontrándose con las almas de sus seres queridos. Pero es tal la capacidad de Malick para hacernos reflexionar, para conmovernos y crear imágenes que se graban en la memoria del espectador, que los excesos se le perdonan.
IVÁN ESTARÁS
Estreno 16 de septiembre