Por José Infante, nuestra pluma invitada.
...peligrosamente, alegremente, alocadamente, dolorosamente. Allá cada cual. Cada uno cuenta la historia según le haya ido en ella. Los seres humanos tenemos con cierta frecuencia la tentación de mirar hacia atrás y hacer recuento de lo que hemos hecho, o de lo que hemos dejado de hacer. Entre otras cosas, para saber si hemos hecho lo que de verdad queríamos hacer. Para hacer balance o simplemente para detenerse un momento y mirar de reojo, contemplando cómo hemos llegado hasta aquí. Eso le pasa hoy a esta revista.
La ventaja que tiene una publicación a la hora de repasar el tiempo es que no tiene que hacerlo por años -que también- sino por números. Los años tienen más arrugas, más cicatrices, más pérdidas. Más achaques, más ausencias, más frustraciones. Por mucha cirugía y bótox que les pongamos. En cambio, si medimos el tiempo por números parece que solo cambiaran las portadas, los chulos, las divas, las músicas, los estrenos, las fiestas, los viajes a países exóticos, las modas, las tendencias, las fotografías, los premios y las películas... Los nombres y su efímera actualidad. Los locales y su pasajera permanencia. Es decir, la vida. Pero solo su espuma. Lo que queda flotando por encima de la dureza y de la realidad, de la melancolía y de la desgracia, que siempre nos acompañan, irreversiblemente, al lado de la algarabía y el frenético paso de las noches y de los días.
Cuando la medida que utilizamos son los números, como en esta ocasión, parece que solo pasan semanas, quincenas, meses, nunca los años. Porque una semana se va enredando con la otra y cada número se encadena con el siguiente. Así el tiempo pasa casi sin sentir. Como si no cumpliera años -que los cumple-. Como una película en la que solo se pasa de una secuencia a la otra, sin importar el tiempo, que puede ser siempre como un flashback acomodaticio. ¿No es la propia vida como una película cuyo final siempre desconocemos si será o no feliz? En cualquier caso, como en este, siempre tenemos la posibilidad de poner nosotros el final.
¿Cómo iniciamos la primera secuencia? La de Shangay, en una discoteca. Los domingos por la tarde. A esa hora en que los corazones se desmayan y anhelan un corazón enamorado que lata al mismo tiempo. Shangay empezó siendo una fiesta y unas hojas volanderas. Pero enseguida llegó el papel couché y el glamour. Ya fue Shangay express. La movida gay sin tapujos y con ansias de normalidad. No podríamos decir, con rigor, que fue pionera de la prensa gay en España. Hubo y tuvo antecedentes. Pero fueron publicaciones que se decantaron, con razón, por los desnudos, los contactos y el porno descaradamente. También hubo otras que solo se quedaron en la reivindicación a palo seco, y se atragantaban. Eran los primeros años de la transición y los deseos de libertad estallaban por todas partes. A borbotones y a brochazos. Shangay ya fue otra cosa. Se trataba de mostrar normalmente -¡qué palabro tan estúpido!- la vida, las aficiones, los gustos, los deseos, los lugares y los ambientes de los gays. Primero de los gays de Madrid, y luego de toda España y del resto del mundo, porque ya el mundo no es que sea un pañuelo, sino un barrio grande en el que al fin vamos cabiendo todos, sin que nos miren la matrícula sexual.
Al principio de este siglo viajé a Sudáfrica. En Ciudad del Cabo, en uno de sus locales más cool, encontré una revista igual, igual que Shangay. Solo cambiaban las estampitas. Ellos llevaban años haciéndola. De Shangay, que con cada número -no diré año- se ha ido convirtiendo en una crónica, a veces incómoda pero siempre fatal, de nuestras propias vidas o de parte de nuestras vidas, se pueden decir muchas cosas. Unas buenas y otras malas. Siempre ha habido quien le ha pedido -y seguirán haciéndolo- más implicación en la lucha por la igualdad. Que sea más combativa. Quizás menos frívola o superficial. Tal vez -no, estoy seguro- yo mismo lo he pensado y escrito alguna vez. Pero la verdad es que, como diría Cocó Chanel, la frivolidad y la espuma de la vida pueden llegar a ser lo más profundo de los seres humanos. Ella lo expresó de otra manera, al decir que "es la conquista del espíritu por los sentidos". Por los sentidos las cosas se instalan en nuestro interior más fácilmente que por las razones. Seamos gays o no.
José Infante es poeta, escritor y periodista. Su última obra publicada es el libro de poemas El dardo en la llaga (Ediciones Vitruvio).
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