Texto David Bernal
Ilustración www.ivansoldo.com
El pasado 23 de marzo, los ojos de Elizabeth Taylor, que eran como dos violetas escarchadas, se cerraron para siempre y, con ellos, el telón del Hollywood clásico. Más bonita que ninguna, la Taylor fue, sin duda, la Estrella Total y Definitiva: una intérprete descomunal, una amante incombustible, una belleza irrepetible, un icono gay imprescindible. Excesiva dentro y fuera de la pantalla. Puro Hollywood. Nacida en Londres en 1932, estuvo bajo los focos desde los nueve años por empeño de su madre. Con doce ya era una estrella. Y con títulos como Gigante y La gata sobre el tejado de zinc, un mito. Ganó el Oscar por Una mujer marcada y ¿Quién teme a Virginia Woolf?, que es posiblemente su mejor trabajo. "Intento conseguir el máximo efecto emocional con el mínimo movimiento", dijo una vez. Ella, que con Cleopatra llevó a la ruina a la 20th Century Fox mientras se convertía en la actriz mejor pagada de la Historia. Así era Liz.
En ese rodaje conoció al amor de su vida, Richard Burton, con el que se casó y divorció dos veces. Y es que, sin duda, su vida fue su mayor película. Su mejor papel. Amante de las joyas, sobrevivió a veinte operaciones y se casó ocho veces (la primera, a los dieciocho). En sus matrimonios hubo desde un senador que la llevó al alcoholismo hasta un obrero de la construcción. Pese a su fama de ‘robamaridos' (fue insultada públicamente por el Vaticano), la actriz, en el fondo, era una romántica: se casaba con todo con el que se acostaba. Tanto que, hasta su último día, arengó amor vía Twitter, prueba de que, lejos de autoembalsamarse como Sara Montiel, era una mujer de su tiempo.
En un cumpleaños, su íntimo amigo Michael Jackson le dedicó una canción titulada Elizabeth, I love you, que bien podría convertirse, póstumamente, en himno de un colectivo, el gay, que le debe muchísimo a esta mujer que, como nosotros, decidió vivir a su manera -que cantaba Sinatra-. "Soy una superviviente", confesó en una ocasión. Conmocionada por la muerte de su amigo Rock Hudson, dedicó los últimos treinta años de su vida a la lucha contra el sida cuando todavía era un estigma y no existía la figura de estrella filántropa. Su fundación recaudó más de 325 millones para la causa (50 de su bolsillo), y en 1992 recibió el Príncipe de Asturias. Por eso, cada vez que miremos al cielo, huérfanos, rendiremos tributo a una fulgurante estrella violeta que nunca dejará de brillar en nuestros corazones. Descansa en paz, reina Elizabeth.