Si atendemos a las predicciones de la prensa y al goteo de premios que preceden a los Oscars, pocas sorpresas nos esperan en la próxima gala de entrega de los premios más importantes del cine. Las apuestas parecen unánimes en las categorías más relevantes, incluyendo la de actriz principal, en la que cuesta creer que el trabajo de una apabullante Natalie Portman en Cisne negro no se vea recompensado por la Academia con una estatuilla dorada. Pero Hollywood no siempre funciona en los mismos términos y, a veces, le puede más el prestigio de una carrera de fondo como la de la eterna nominada Annette Bening que el sobreesfuerzo de una joven promesa consolidada como Portman. Por eso no sería de extrañar que este año de repartos predecibles la sorpresa de la noche -porque siempre hay alguna- la diera una veterana Annette Bening en una de las categorías principales. Quizá su rol en Los chicos están bien, en donde ella y Julianne Moore dan vida a una pareja de lesbianas y madres de dos hijos que deben lidiar por sorpresa con el padre de estos, no sea su trabajo más significativo -aunque esté cargado de matices y sutilezas-, y ya se sabe lo poco propicios que son en Hollywood a favorecer a las comedias, pero méritos no le faltan a la mujer de Warren Beatty. Incluso le sobran, si atendemos a una carrera que, sin excesivos éxitos comerciales, le ha reportado, cuatro nominaciones al Oscar, justas sobre todo por sus papeles de esposa sufrida en American Beauty y de diva de la escena en Conociendo a Julia; en ambas ocasiones vio cómo se le escapaba la estatuilla en favor de Hilary Swank. Así las cosas, Natalie Portman tiene suficientes motivos para desconfiar la noche del 27 de febrero.