Por Albert Ferrarons, nuestra pluma invitada.
Hace poco más de un siglo, en 1901, se publicó un librito con el significativo título La mala vida en Madrid. Éste pretendía ahondar en todos aquellos personajes y ambientes urbanos al margen de la norma social. Dentro del capítulo dedicado a la prostitución, había una sección titulada La inversión sexual, que trataba de aproximarse al mundo homosexual madrileño de la época desde una pretendida -y mal entendida- curiosidad científica. Se hablaba, por ejemplo, de ‘la Tonta del Rastro', un joven de 22 años, dependiente en un comercio de la capital, que jamás había tenido una relación heterosexual, pero sí contaba con una gran experiencia con hombres, con los que siempre hacía de pasivo. Pero no solo se contaba esto: también se describía minuciosamente su físico (la Tonta medía 1'69 metros, tenía el pelo castaño, los ojos verdosos, era bastante imberbe y tenía un pene considerablemente pequeño) y se daban detalles concretos del pasado y presente de los sujetos ‘observados'. En total, unos 20 varones homosexuales: además del de la Tonta, se cuentan los casos de ‘la Florera', ‘la Fotógrafa', ‘la Rosita de Cádiz', ‘la Pellejos', ‘la Burra Pasiega', ‘la Llorona' o ‘la Zapatillera' (a quien la simple visión de un hombre atractivo por la calle le provocaba pérdidas seminales).
El libro estaba cargado de prejuicios homofóbicos y carecía de cualquier ética para con los homosexuales estudiados. Sin embargo, nos dejó para el futuro un retrato fantástico del ambiente gay del Madrid de la época (aunque sea completamente anacrónico usar este término). Y es que, efectivamente, existía una comunidad homosexual en la sombra, con hombres procedentes de todas las clases sociales, casados y con hijos, solteros, que hacían ‘la carrera' (hoy lo llamamos cruising) y ligaban por los lugares más céntricos y bulliciosos de Madrid. Pero no solo eso: conformaban círculos sociales con códigos y conductas propios, como maquillarse, vestirse de mujer o utilizar seudónimos femeninos (de hecho, los nombres de los personajes investigados habían sido adoptados por ellos mismos). También celebraban bodas entre parejas del mismo sexo, bautismos para los nuevos miembros y hasta simulaciones de partos valiéndose de muñecos.
Es obvio que, a lo largo del siglo XX y hasta hoy, la realidad de los homosexuales ha cambiado: actualmente los matrimonios son legales, no hay necesidad de simular partos pues la adopción es posible, y podemos demostrarnos en público el afecto, el amor. La ley nos protege, aunque la sociedad vaya a remolque. Hay muchos menos casos, aunque todavía existen, de autonegación, de matrimonios heterosexuales como tapadera, de agresiones verbales y físicas. Sin embargo, es curioso constatar dos claros elementos de continuidad entre la realidad homosexual de principios del XX y la del XXI, después de un siglo y a pesar de -o gracias a- una dictadura explícitamente homófoba de casi cuarenta años.
A pesar de ella. Hay conductas y actitudes que se cuentan en La mala vida en Madrid que no son nada extrañas en el ambiente gay actual. A hacer ‘la carrera' lo llamamos cruising, pero es lo mismo; se habla en femenino; se imita y admira a las artistas del momento, travestismo mediante; se celebran eventos y rituales, que ya no son clandestinos, y se usa la ironía para apropiarse de los insultos y estereotipos homófobos. Existe, pues, una sensibilidad y una cultura gay (que no es exclusivamente homosexual y que muchos homosexuales no comparten; no es obligatoria) que han perdurado a lo largo del siglo XX.
Gracias a ella. Hace más de cien años nació la homofobia moderna, un compendio de prejuicios morales que encima pretenden justificarse científicamente, acompañados de una retórica de la injuria de lo más agresiva y excluyente. La homosexualidad es "una perversión total del instinto natural, en forma obsesiva o impulsiva, implicando una tendencia irresistible y exclusiva". Es la definición que dan los autores de La mala vida en Madrid, pero que no suena tan lejana. De hecho, podría haberse leído o escuchado perfectamente en algún medio actual. Existe también, pues, una cultura de la homofobia, una sensibilidad aprendida (porque no puede ser innata) que ha sido imperante a lo largo del siglo XX y que es incapaz de desprenderse del insulto y el rechazo hacia esta nuestra ‘mala vida'. Parece mentira.
Albert Ferrarons es Historiador. Autor de Rosa sobre negro. Una breve historia de la homosexualidad en la España del siglo XX (Egales).