Por Álex Rei, nuestra pluma invitada.
Según he leído, con motivo del estreno de la película que narra los entresijos de su éxito, Mark Zuckerberg, el creador de Facebook, ha dicho que la intimidad ya no posee ningún valor. Parece, sin duda, que la intimidad importa cada vez menos a las autoridades, que no paran de ponernos cámaras en todas las calles y que amenazan hasta con examinar nuestra basura para ver si distribuimos bien los residuos (aunque luego el camión que los recoge los vuelva a mezclar todos). Y lo que es peor, que nos importa cada vez menos a los internautas, que no dudamos en airear nuestra vida íntima en las redes a conocidos y no tan conocidos. Tengo que confesar, antes que nada, que yo también soy de los que usan las redes sociales. Los que somos un poco cotillas, como es mi caso, disfrutamos de lo lindo pudiendo ver qué ha sido de ex novios, amigos, viejos compañeros de colegio y facultad... No hay día que pase sin entrar en Facebook, y si encima dispones de Internet en el móvil, la afición está cerca de convertirse en adicción.
Entre mis contactos, tengo uno que durante un tiempo fue amante y ahora es conocido. Nunca hemos sido amigos, y lo más que hemos compartido, además del tiempo en el que quedábamos para echar un polvo, fueron unos días de vacaciones en Maspalomas, donde conversamos algo más de lo que habíamos hecho hasta entonces, aprovechando el relajo del sol y del calor. Pues bien, Saúl, que es como se llama este chico -y que sostenía un discurso bastante desencantado del amor y de las relaciones de pareja-, parece que el pasado verano conoció en alguna playa a un chico de Barcelona y nos narra su amor en vivo y en directo a través de la pantalla. Siguiendo esta historia he sentido algo de pudor y de vergüenza ajena. Me ha dado la sensación de que Saúl aireaba demasiado su intimidad, de que esta carecía de todo valor para él.
Porque hay asuntos que creo que no deben decirse a través del ordenador. Saúl escribe cosas como "Te quiero cada día más, mi niño" y no lo hace a través de un sms o de un mensaje privado, sino poniéndolo en su muro, para que sus amigos, que en la red somos cientos, nos demos por enterados de esta declaración. Como si hacerla en público le diera más valor, más importancia y mayor sinceridad. Sin embargo, hay palabras y sentimientos que se tienen que expresar en los márgenes de la intimidad de una pareja, al oído, en una carta personal y privada... Y una de esas cosas es una declaración de amor. Creo que sentiría menos pudor si leyera descripciones de los buenos polvos que seguro que echan. Se me dirá que los poetas son autores de versos proclamando su amor o desamor en público, y que la historia de la poesía perdería mucho si esas declaraciones se hubieran quedado en la esfera de privacidad de los amantes. Puede que sea cierto. Pero también lo es que si el amor y lo que él implica se muestra en un escaparate acaba por frivolizarse, por resultar vacuo. ¿Qué ocurre? ¿Necesitamos testigos para que nuestro amor resulte creíble? ¿No es eso una muestra de que quizá nuestro sentimiento no es tan firme como pretendemos?
Mientras tanto, sigo la historia de amor de Saúl. Gracias al Facebook y a sus continuadas publicaciones, sé cuando va él a Barcelona, cuando viene su novio a Madrid, qué fines de semana no se ven y se echan de menos... Y me pregunto si, cuando el desamor llegue, porque algún día llegará, nos lo narrarán con tanta intensidad. Quizá no sea así, y entonces Saúl descubra de nuevo la importancia de la intimidad, que no es otra que el silencio que hay que mantener para que las cosas conserven su valor. A mí me encanta Facebook, pero, al mismo tiempo, creo que guardarse determinadas cosas, no publicarlo todo, es lo que otorga valor a nuestros sentimientos, a los momentos que compartimos con los demás. Exponernos completamente en el muro es renunciar al misterio y a la poesía de las historias, aunque sean tan cotidianas como el comienzo de un amor como el de Saúl.
ÁLEX REI (jotaele26@yahoo.es) ES ESCRITOR. SU ULTIMA NOVELA PUBLICADA ES EL DIARIO DE JOTA ELE 2. ABRIENDO PUERTAS (ODISEA EDITORIAL).