Por Dunia Ayaso, nuestra pluma invitada.
"Cerremos los ojos". Con estas palabras invitaba Gregorio Ros a los presentes en el merecido homenaje a toda una carrera, el que se le rendía en el Teatro Cervantes durante el Festival de Málaga cuando le otorgaron el premio Ricardo Franco, hace apenas dos años. Dos años cruelmente acelerados para poder aceptar y asimilar la despedida. "Cerremos los ojos", dijo Gregorio Ros, "respiremos profundamente e imaginemos al mundo lleno de luz y de amor...". Con su voz susurrante y tranquila, consiguió por un instante inundar la sala de una inusual esencia, bienestar y sonrisa compartida (ha pasado un ángel, como se suele decir).
En un rodaje, el set de maquillaje y peluquería se convierte, casi siempre, en el lugar de reunión por excelencia, sin duda por ser el primero que visitan los actores por la mañana. Antes del disfraz, recién levantados, con los nervios lógicos que supone enfrentarse a cualquier escena que les corresponda ese día, están más tímidos, se sienten como desnudos, hasta que comienza el proceso de transformación que los protege, que los oculta tras la máscara. Gregorio conocía bien este proceso y se entregaba como nadie, era el mejor, no solo con los pinceles sino ejerciendo de confesor, psicólogo, médico e incluso, muchas veces, padre; un padre estricto y exigente en ocasiones en las que los nervios afloraban y le impedían realizar bien su trabajo, cosa que en un rodaje pasa con frecuencia. Uno de esos días de debate, disparidad de criterios y, me atrevería a decir, casi histeria colectiva, preparando El grito en el cielo, Gregorio y yo decidimos abrazarnos ante los ojos perplejos del resto del equipo, que enmudeció de repente. Esa mañana, tomando el primer café, habíamos leído en algún periódico que, para mantener el equilibrio emocional, convenía recibir como mínimo once abrazos diarios; así que en ese instante, además de abrazarnos, pactamos darnos los diez restantes a lo largo del día y durante el resto de la película. Y resultó, es efectivo, contagioso, reconfortante y sin duda, reconciliador. Conservamos esa buena costumbre siempre y, aunque pasásemos tiempo sin vernos, al encontrarnos nos abrazábamos largamente sin más comentarios...
Gregorio amaba su trabajo, y gracias a eso era el mejor; algo que se le reconoció con dos premios Goyas, además de con múltiples nominaciones y galardones. Sublimaba la belleza de cada rostro que tocaba. Pasaron por sus manos, actrices y actores, como Faye Dunaway, Penélope Cruz, Marisa Paredes, Verónica Forqué, Loles León, Mª Conchita Alonso y un larguísimo etcétera. Y no nos olvidemos de su queridísima Victoria Abril, con la que comenzó su larga y exitosa carrera, y a la que quiso tanto que, cuando ésta se trasladó a París, se sintió tan deprimido que dejó de trabajar durante un tiempo. Este exceso de afectividad lo llevó a alejarse muchas veces de lo cotidiano y a refugiarse otras muchas en retiros espirituales que fortalecían y enriquecían su alma grande y sensible. Fue en uno de esos refugios donde nos volvimos a encontrar, desgraciadamente poco antes de que le diagnosticaran la enfermedad que se lo llevó... Hablamos largamente, nos apoyamos y nos consolamos en un año duro para ambos, en el que compartimos nuestras angustias y temores, sin abandonar nuestros abrazos, nuestras risas o nuestra pasión por el trabajo.
Su capacidad de lucha, su fe y su entereza han sido un ejemplo para todos en este impaciente año que resultó insuficiente para recopilar la admiración y el amor de tanta gente que le quería. Cierro los ojos... y lo siento, y sé que está tranquilo, y sé -por lo último que hablamos- que la petición del día de su homenaje sigue siendo la misma: respiremos profundamente, inundémonos de amor y vivamos el presente, que es lo único que de verdad existe.
Gregorio cerró sus ojos y nos inundó de amor. Te abrazo, Gregorio...
DUNIA AYASO ES DIRECTORA DE CINE Y GUIONISTA. SU ÚLTIMA PELÍCULA, CODIRIGIDA JUNTO A FÉLIX SABROSO, ES LA ISLA INTERIOR.