Por José Infante, nuestra pluma invitada.
No titulo este artículo al revés, como muchos creerían lo normal, porque se supone y es más que una realidad que, aunque parece a primera vista que la prostitución masculina está dirigida de manera especial a los homosexuales, hoy día es un hecho cierto y de gran actualidad el uso frecuente que hacen innumerables mujeres de la prostitución masculina, que antes tenía nombres más descarnados como chulo, chapero, bujarrón, puto, gigoló, prostituto y un largo etcétera. Ahora se les llama eufemísticamente escort o chico de compañía. Este neologismo se aplica indistintamente a chicos o chicas que venden sus favores a través de agencias, directamente o en la calle y otros lugares de encuentro. No es que antes las mujeres heterosexuales no utilizaran a jóvenes o no tan jóvenes para satisfacer sus necesidades sexuales a cambio de alguna remuneración en dinero contante y sonante o ya en especie, en forma de regalo. La figura de mantenido o mantenida suponía, por el contrario, una cierta asiduidad y regularidad en la relación. Según dicen las estadísticas -que todo lo cuentan y lo recuentan-, los prostitutos masculinos, en una buena medida, lo hacen indistintamente con hombre y mujeres. O sea que hacen a pelo y a pluma, como suele decirse en lenguaje coloquial. Me imagino que con esto de la igualdad ocurrirá lo mismo con las escorts femeninas. Es comúnmente aceptado el morbo de los heterosexuales al hacerlo con dos mujeres que ejercen de lesbianas.
Con todo, no han sido infrecuentes las teorías sobre que los llamados chulos, mantenidos o escorts -para ser políticamente más correcto-, femeninos o masculinos, en buena medida lo hacen porque encuentran en ello una buena fuente de ingresos -la explotación de las mujeres o chicos por mafias es otro tema muy lamentable-, pero en el fondo porque les gusta. Nunca he creído que esto fuera totalmente cierto. Son muy frecuentes los casos de personas que se ven abocadas a esta forma de subsistencia, a pesar de la repugnancia que les produzca. Pero tampoco es una teoría desechable. Afortunadamente, pertenezco a una generación en la que no era ya el propio padre el que llevaba al hijo adolescente a una puta para que lo desvirgara. Nos hemos desvirgados por nuestra cuenta. Las chicas tenían que conservarse vírgenes hasta la misma noche de bodas. Eran otros tiempos. Pero he conocido, por motivos estrictamente profesionales, a algunas prostitutas (para realizar reportajes sobre la variada problemática de la prostitución: asesinatos en la calle a manos de sus chulos, prostitución en la Casa de Campo, prostitución de lujo, las mafias explotadoras, etc.). He de decir que de esta experiencia deduje dos cosas: que la mayoría de los hombres acuden a las prostitutas no solo como desahogo físico, sino para hablar y contarles sus problemas; y la otra, que me la descubrió una prostituta que ejercía en la Casa de Campo, que lo hacía sencillamente porque le gustaba muchísimo. En verano se iba a hacer la temporada ya a Mallorca ya a Marbella u a otros sitios de vacaciones.
Mi casi nula experiencia directa con la prostitución masculina, pero sí rica en la relatada por amigos y conocidos, me ha hecho pensar que la segunda de estas aseveraciones, la de que en el fondo a los chaperos les gusta su trabajo más que a sus clientes, es completamente cierta. Sin embargo, no comparto las diferencias que muchos encuentran en el hecho de que al gay mayor -al contrario que a la mujer madura- la única salida que le queda a partir de cierta edad es recurrir a la prostitución. Es algo que ha cambiado desde que los matrimonios entre personas del mismo sexo son posibles. Antes, los gays nunca o muy raramente se planteaban una relación de larga duración, un proyecto de vida en común. Ahora eso es ya posible, por lo que cabe imaginar que las relaciones de dos homosexuales puedan durar para toda la vida, incluso cuando la pasajera juventud les haya abandonado a los dos o a uno de ellos, porque en muchas ocasiones se dan esos casos de diferencia de edades entre parejas de amantes. Exactamente como en el mundo heterosexual. Y no siempre existe un interés material de por medio. Ejemplos como el de Marina Castaño y algunas otras famosas cazafortunas -o cazaprestigios- a través de matrimonios con ancianos los hay también en parejas homosexuales. Pero creo que esto debería empezar a ser la excepción y no la norma. Lo que no quiere suponer en absoluto ninguna condena ni juicio moral hacia la prostitución, que debería ser más una variante de la compleja sexualidad humana que el triste recurso de los que no pueden comerse una rosca si no sacan la cartera.
José Infante es poeta, periodista y escritor. En octubre aparecerá en Ediciones Vitruvio su nuevo libro de poemas El dardo en la llaga (Poemas porno satíricos).