En el cada vez más intenso mundo del teatro contemporáneo, Roger Bernat es sin duda una de sus cabezas más interesantes. La justificación de traerlo hasta aquí nace de la propuesta que el barcelonés Teatre Lliure está organizando en el ciclo teatral que lleva el (controvertido) nombre de Radicals Lliure. Allí mostrará una de sus últimas preocupaciones: el público, y cómo se está “convirtiendo poco a poco en jugador” de la propia escena. Visceral y conversador a partes iguales, el discurso de Bernat es provocador pero profundamente humano. Su riesgo, ser conocido.
Entrevista Roberto García Kurtz
Foto David Urbano
SHANGAY EXPRESS: Curiosa denominación esta de Radicales... ¿Lo eres? ¿Lo sois los de este ciclo?
ROGER BERNAT: La etiqueta de radical no va conmigo, me siento incómodo con ella. Desgraciadamente, lo que debería ser norma en el teatro contemporáneo es lo extraño y, por el contrario, se sigue haciendo un teatro museístico. La gente que habla de la actualidad, de conceptos que preocupan, debería ser la que llenara la programación de los teatros públicos. Pero no es así, y se inventan etiquetas como la de radicales para explicar que es un teatro que está vivo. Por suerte, no creo que desde el punto de vista del marketing tenga mucho futuro esta etiqueta.
S.E: ¿Qué sería entonces para ti la radicalidad?
R.B: Actualmente ser radical es estar contra el diálogo, a favor del urbanismo salvaje o contra el ejercicio de la política. Eso es ser radical.
S.E: En la teoría está muy bien, ¿pero cómo se ejerce en la práctica en el teatro?
R.B: No quiero pelear sino trabajar con las ideas. Esto es lo que hacemos este grupo de gente que formamos el ciclo, no solo bajar focos o mover actores. Lo radical es no darse cuenta de que estamos subidos a un coche y de que nos acercamos a un muro. Estamos de espaldas a los tiempos por una pura cuestión de intereses partidistas o particulares. Eso hay que combatirlo.
S.E: Entonces, ¿también podemos hablar de ti como un rebelde?
R.B: Más que rebeldía, es un ejercicio de responsabilidad. Pienso que es malo seguir estrenando de manera continuada los clásicos sin hacer caso a los contemporáneos. No me veo como rompedor, pero sí hago lo que creo que se tiene que hacer.
S.E: Se ha dicho de ti que haces un teatro sensorial.
R.B: Supongo que al principio era así. La cosa empezó porque pertenezco a una generación de gente muy ligada al nacimiento de la música electrónica y toda su cultura. De ahí que se nos ligue a esa idea de teatro sensorial, muy de piel. Pero poco a poco se ha ido desvistiendo y se está convirtiendo cada más en un teatro de estructura, de ideas.
S.E: ¿Desvistiendo? Vuestro teatro está plagado de desnudos...
R.B: Cada vez menos; ahora vamos en sentido inverso. A medida que nos hemos ido desnudando conceptualmente, nos vestimos en lo textil. Cuanto más desnudos en lo espiritual, más vestidos en lo corporal.
S.E: Siguiendo esa máxima, ¿el teatro más provocador es aquel donde la gente se desnude menos?
R.B: Absolutamente. Cuando veo un espectáculo, me interesa su discurso, su ideología, la desnudez es un tópico. Es imposible ver un Shakespeare sin desnudos. Debería tomarse de otra manera, no por lo que los cuerpos tienen de sensuales, sino más bien como lenguaje, por lo que cuentan. Ya no es transgresor.
S.E: Has sido tentado por cosas tan diferentes que un día, para explicarte, usaste la siguiente frase: "Por no descartar, no descarto ni el cambio de sexo". ¿Una boutade?
R.B: La única verdad es que no deberíamos estar seguros de nada, ni siquiera de nuestro género [risas]. Y me parece que el género no deja de ser un juego. Metido un poco en ese juego yo soltaba esa frase, porque me gusta seguir con ello y no tomármelo en serio.
S.E: ¿Y el sexo qué parte juega en esta sociedad?
R.B: Es una buena manera de autoconocimiento.
S.E: ¿Autoconocimiento o autosatisfacción?
R.B: Bien vehiculado es una herramienta, una manera de saber quién eres, qué te ha hecho crecer y dónde quieres llegar. Nosotros somos de una generación que ha crecido pensando que solo había dos sexualidades, la heterosexual y la homosexual. Y ya no me creo esa barrera. Si miras las nuevas generaciones, ya crecen eliminándola, y lo ven de mejor manera.
S.E: Sigue habiendo controversia política al respecto...
R.B: Es cierto que existe gente que divide, pero deberíamos estar fuera de ese discurso. No creo en las identidades. No pienso que dos personas son diferentes por ningún tipo de razón sexual. Es más, no me puedo definir sexualmente y preferiría que nadie quisiera definirme por lo que tengo entre las piernas o por lo que me gusta hacer con ello.
S.E: Entonces, ¿el sexo está demodé en el teatro?
R.B: Absolutamente. El sexo es un juego más en el ámbito de los juegos de roles. Me parece mucho más interesante ahora hablar de roles que no de sexos.
S.E: ¿Hacia qué temas debería ir el teatro, o al menos, hacia dónde quieres ir tú?
R.B: El teatro debería estar intentando entender qué mundo estamos construyendo y no mirarlo únicamente desde un punto de vista que lo entiende como prefabricado.
La obra Domini public se representa los dias 10, 13, 19 y 24 de abril y 3 y 4 de mayo en el Espai Lliure (Plaza Margarida Xirgu, 1) de Barcelona.