Por José Infante, nuestra pluma invitada.
El Derecho Romano era eminentemente práctico y fundó instituciones que crearan riqueza patrimonial a través de su concepción economicista de la familia y, sobre todo, del matrimonio. Nuestro Derecho Civil heredó este concepto a través del llamado Código Napoleónico, que entró en vigor en 1869 y que sigue ahí, con algunas modificaciones. Aquí llegó contaminado por la siniestra idea del catolicismo, que lo había convertido nada más y nada menos que en un sacramento indisoluble. Era remarcar su carácter práctico, procreación como fin primario del matrimonio en el Derecho Canónico, la familia como unidad también económica, que a través de la herencia acrecentaba su poder patrimonial, lo que suponía convertir una unión de dos personas que compartían un proyecto de vida, basado en el amor, el afecto y la atracción sexual, en una institución puramente económica. Por todo esto siempre estuve en contra del matrimonio gay. Pensaba que era una forma de hacerle el juego a la sociedad burguesa. Me parecía y me sigue pareciendo que lo que una a dos personas, mientras duren el amor, el afecto, la atracción sexual y hasta una identidad de intereses, debían ser precisamente estos sentimientos. Continuar cualquier unión simplemente por otros motivos me parecía y me parece lamentable y de otra época, en la que las conciencias y la libertad individual estaban sometidas a la religión.
Luego consideré que conseguir la igualdad de todos exigía ese paso. Aun así, siempre me pareció -y así lo comenté con los que lideraban el movimiento de equiparación de derechos- más inteligente, rápido y eficaz ir a la modificación del Código Civil y no a una Ley de Uniones Civiles, que el PP intentó encasquetarnos, totalmente descafeinada y desexualizada. Se cumplen cinco años de la aprobación en el Congreso de los Diputados de esa modificación del Código Civil que permite la unión -o el matrimonio, la palabra es irrelevante y ganas de joder- de personas del mismo sexo. Parecía que había miles de homosexuales -mujeres y hombres- esperando para acudir en tropel a los juzgados. No ha sido así. Las estadísticas que ahora se publican dicen que solo muy pocos y menos pocas han ejercido sus derechos. ¿Fracaso? ¿Homofobia todavía latente? Difícil contestar.
Yo creo que debe ser consecuencia de que la propia institución del matrimonio está obsoleta, sobre todo del heterosexual. Cada día se casa menos gente. Hay una nueva concepción -más libre- de la unión entre dos personas. Hay menos parejas que necesitan unos vínculos jurídicos. Sin duda, esto nos hace más libres. Siempre me ha parecido que los Estados intervienen demasiado en la vida privada de los ciudadanos. Está bien que esta tendencia se haya invertido. La igualdad sexual no se puede imponer ni con todas las leyes del mundo. El choque contra la homofobia genética de generaciones no es fácil de combatir. La Iglesia parece la más interesada en que no desaparezca. Aun así, la Ley de junio de 2005 lo que ha dignificado y normalizado en gran manera es a todos los homosexuales, mujeres u hombres, se casen o no. Pero basta que surja cualquier tema incluso intrascendente para que la homofobia se destape agresiva, despiadada y machista.
El destape de Jesús Vázquez, un gay reconocido y popular, ha desencadenado muchas contradicciones. Leo en El Mundo a Antonio Lucas -no ha sido el único-, un brillante poeta y periodista que suele mantener posiciones progresistas, en una lamentable columna dedicada a Vázquez, llena de machismo, de homofobia y de una repugnante y vergonzosa concepción del desnudo de hombres y mujeres. Si no supiera que Antonio Lucas es un joven inteligente, pensaría que la columna la hubiera escrito algún baboso macho ibérico sin reciclar. Contra la homofobia y el machismo social no pueden las leyes, y ese paso, como muestra la columna de Lucas, está todavía por darse. Solo la gente más sencilla acepta de buen grado y comprensión los cambios y la normalización. Hasta Jesús Vázquez ha tenido que justificar su decisión de aparecer en pelotas en Interviú como un gesto altruista. Y además agrega, con un lenguaje tabernario, que enseñará también el trabuco (?) si le pagan un hospital para su ONG. Me entra dolor de cabeza.
José Infante es poeta, escritor y periodista. En septiembre publicará en Ediciones Vitruvio el libro El dardo en la llaga, poemas porno satíricos sobre el mundo homosexual.