Texto Lola Fernández
Desde que los humanos empezamos a admirar a las estrellas (las de carne), aceptamos un pacto tácito sin el cual es imposible desearlas. El engaño, consentido al menos por nuestra parte, nos convierte en crédulos de una especie de avatar que no existe, una elaboración mental diseñada para satisfacer nuestras ansias de belleza, perfección y felicidad, y darle caña a la frustración que necesita el mercado (y nosotros mismos) para subsistir. A veces, la persona detrás del avatar mediático se harta y quiere que la quieran por ella misma. Otras, está a punto de sacar una biografía que la recoloque en el candelabro y decide calentar motores con una confesión mediática. Podría ser, dicen, que su pareja le haya dado un ultimátum. O que su paternidad (de gemelos procedentes de un vientre de alquiler) le haya colocado por encima del bien y del mal. El caso es que Ricky Martin ha decidido romper el pacto y enseñar el backstage de su existencia. Darle una patada en el culo al avatar que tanto le hizo ganar.
Se nos rompió Ricky (no sé si de tanto usarlo), y lo que nos queda es un hombre joven que se ha pasado casi toda la vida fingiendo ser un macho alfa (uno de los peajes de la extinta industria musical global), típico rompebragas latino con canciones como calentones de una noche de verano. Las últimas son las de Life (2005), que pasó sin pena ni gloria, como todo lo que ha hecho en el siglo XXI. Nada que ver con aquellos jitazos de los noventa, estilo She Bangs, con los que batía las caderas casi como Elvis. ¡Menudo era Ricky! Lo menos que te prometía era amor verdadero, pero había que ser muy pava para tragarse el cuento del hetero cañero: esos músculos sin despeinar no eran de este mundo (del heterosexual). Por eso a nadie se le ha movido un pelo tras el anuncio de marras: aquellas adolescentes pavas tienen ya casi cuarenta años y las de hoy prefieren a Tokio Hotel, sean estos ciborgs, hijos de Cher u hologramas. La salida del armario de Martin no le interesa realmente a nadie porque pertenece a otro siglo, a un mundo que ya solo está en el Hola y en la televisión viejuna, donde aún parece necesario ser disculpado por ser homosexual, bisexual, transexual, asexual o todo lo contrario. Una antigüedad lo mires por donde lo mires.
Que mas da... Bring him on!
cuanta hipocresía que hay con todo este rollo
El problema no es que no interese sino que esto ha dejado de ser noticia hace rato ya. Y ahora el marketing se apoderado de ella. Son los tristes tiempos que vivimos (no tan avanzados como nos creemos)..