De todos los méritos que se le pueden adjudicar a Tim Burton (California, 1958), hay uno inobjetable: ser él mismo. O sea, llevar ese pelo. No traicionar jamás esa maraña que le corona la cabeza ni las ideas que guarda. En el fondo, no querer gustar a toda costa, sino pretender que le quieran por lo que es. Y eso es lo que ha conseguido: caer bien hasta a quien le repatea su sentimiento romántico del cine. Puede que sea ñoño, excesivamente autorreferencial, efectista y cuentista. Pero ahí está, con una retrospectiva de su obra en el Moma de Nueva York. O de presidente del jurado del festival más esnob del mundo. "Después de pasar mi juventud viendo maratones de 48 horas de películas de terror, estoy listo para Cannes", ha dicho el niño grande.
Al cine de Mr. Burton le pasan dos cosas: que puede ser objeto de interminables conversaciones que diseccionan hasta la última gota de sangre derramada en pos de la felicidad del héroe, o que se convierte en un todo de piezas casi intercambiables en un mundo tan familiar que no admite discusión. Puedes ser un fan o sentirte tan cómodo que hasta te aburras de vez en cuando. Los hay integristas de sus señas de identidad (sobre todo de sus cintas animadas, pero también de Eduardo Manostijeras o Sweeney Todd) o los que le prefieren cuando se sale un poquito de su tiesto (Ed Wood). En la industria, cubre la cuota gótica-friqui que atrae a millones de adultos sin ninguna gana de crecer y a malotes/as con el corazón más tierno que un Bollicao. Absténganse los practicantes de la ironía posmoderna.
Hay que estar muy seguro de uno mismo para atreverse con un cuento tan inquietante como Alicia en el País de las Maravillas, la película que le devuelve a la gran pantalla en marzo. Cuenta con varios ases en la manga en forma de personajes adorablemente malignos, como esa reina de corazones que interpretará su Helena Bonham-Carter, la cabellera decimonónica más romántica del cine, o el sombrerero loco, a cargo de su muso Johnny Depp.
Tim Burton es como el reverso luminoso de Haneke, otro maestro. Capilar y cinematográficamente en las antípodas, pero igualmente estrictos en sus citas. Sin embargo, lo de Burton tiene más mérito: no está de moda el romanticismo. "¡Que le corten la cabeza!", podrían exigir las huestes sesudas del drama realista. Pero no. No está el patio como para arrancar flores raras. Y así podemos alucinar cuando Burton y señora se pasean por la alfombra roja cómodamente instalados en su extravagancia indumentaria. Igualmente enmarañados, son los únicos humanos del paraíso de plástico que es Hollywood. Son nosotros.
Texto Lola Fernández