Un día sonó el teléfono en casa de Sarah Jessica Parker y era Darren Star, leyenda televisiva abiertamente gay al que debemos, entre otras, Sensación de vivir y Melrose Place. Quería ofrecerle el papel de una tal Carrie Bradshaw. En ese preciso momento bajó Dios a verla. Al menos eso debe de pensar ella, o más probablemente su mánager y, con toda seguridad, su banquero. Pero su subida al estrellato y a los altares de la elegancia gracias a Sexo en Nueva York también le dieron puerta a una carrera que hasta ese momento había sido una de las más interesantes de Hollywood, siempre con un pie entre el mainstream más divertido y el indie más becerro. Poca gente recuerda que fue chica Bruce Willis en Persecución mortal, paleta local con deseos de bailar rock en Footloose y una enfermera pérfida que ponía nervioso a Hugh Grant en la infravalorada Al cruzar el límite. Tim Burton la casó con Ed Wood y pegó luego su cabeza al cuerpo de un caniche en Mars Attacks! (mucho antes de que un artista londinense hiciese lo propio con Paris Hilton y lo llamase crítica social). Hasta tuvo que enfrentarse a Elle McPherson en la olvidada Si no te casas me mato, donde se tragaba un escupitajo ajeno por amor.
Lo dicho: Sexo en Nueva York volvió su rostro archifamoso y lo colocó en portadas, botes de perfume y barreras de alarma en la entrada de El Corte Inglés, ¡pero a qué precio! Parker dejó de ser una actriz de culto para convertirse en una marca. Prueba de ello es que, por si no habíamos tenido bastante Carrie Bradshaw durante seis temporadas, volvió a interpretar a una Carrie Bradshaw en La joya de la familia. Y a otra Carrie Bradshaw en la abominable Novia por contrato. Por lo tanto, el estreno de Sexo en Nueva York. La película (que pone en serio peligro el título de Mamma Mia! como evento cinematográfico gay del año) es un movimiento de lo más coherente. Si vas a seguir interpretando al mismo personaje, que al menos sea el original.
El secretismo en torno a la película ha sido bastante comentado. Sabrán que los fans se mueren de curiosidad: ¿qué tendrán que contarnos en dos horas si lo hacían tan bien en veinte minutos? ¿Viviremos en pantalla grande ese momento épico en el que Carrie se sienta ante su ordenador, se seca los labios, da una calada a su Marlboro Light y escribe una pregunta de importancia vital en su PowerBook? Las amigas han crecido y se enfrentan a relaciones estables, bodas e hijos varios. Y a lo mejor es señal de que han madurado demasiado, porque nos gustaban más antes, en aquellos tiempos en los que respondían perfectamente a la definición que hacían de ellas en Los Simpson. “¿Qué estás viendo?”, preguntaba Marge a su hermana Patty en un capítulo. Y esta respondía: “Sexo en Nueva York, es sobre cuatro mujeres que se comportan como homosexuales”. Pero ya no vemos en Carrie a nuestro entrañable y alocado homosexual de antes, ahora es una mujer de negocios que produce sus propios shows y tiene dos perfumes en el mercado. Darren Star, ¿realmente sigues ahí? Ya no se te intuye.