He empezado el año hambrienta. Y no es ansia de dulces lo que tengo, sino de estrellas. Como terminé el último año enganchada a la casposa y deprimente gala de año nuevo de La Primera, pues claro, el día 1 de enero me dio una crisis nerviosa que ríete tú de la de Raquel Mosquera.
Sentía que mi vida no tenía sentido si le ponen la banda sonora David Bisbal, Melendi, Pereza o Il Divo. Yo necesito sentir que, con todo lo que me rodea, puedo pasearme por Chueca más altiva que Victoria Beckham cuando aterriza en Los Angeles.
Y cuando me encuentro petardas esperándome en la puerta de casa para pedirme que hable en esta sección de su nuevo show de travestismo o de su local (en el que siempre prometen no usar garrafón...), yo quiero pensar que lo que siento es lo mismo que cuando persiguen continuamente a Britney Spears, no cuando esperan en el portal a Belén Esteban. Supongo que me explico, ¿no?
Total, que para reaccionar, fingí un desmayo como el (antológico) de Consuelo Alcalá en Dolce Vita, me caí al suelo (no tenía ningún chaperillo en casa para recogerme, ni me acordaba...) y, del golpe que me di, no solo me quedé sin mi primera peluca de 2007, totalmente despelujada del impacto, sino que tuve claro que necesito dosis extras de glamour este mes para empezar con buen pie. De manera que, por muy fan que sea de Victoria Vera, me he prohibido a mí misma seguir la nueva edición de ese inefable despropósito televisivo que es Mira quién baila. Y mira que este año promete, porque parece que sea una etapa prototravesti (además de la Vera están Toñi "Azúcar Moreno" Salazar y La Jesulina), pero no, no es bueno para mi salud mental que Anne Igartiburu entre en casa.
Prefiero ponerme en manos de Beyoncé y del resto del reparto de Dreamgirls, la película más glamourosa del año. Me colé, como solo yo sé hacerlo, en un pase de prensa superprivado, y me dejé la pechera de mi blusa más húmeda que los tangas de Ana Obregón cuando queda con Darek. Toda la santa película me la pasé babeando (encima, me identifiqué mogollón con Jennifer Hudson, que hace de la gordita que se queda a las puertas de estrella por ser menos mona que Beyoncé..., ¡cuántas veces me habré visto yo así!).
Cuando llegaron los títulos de crédito, no pude evitarlo y me puse a bailar como una loca y a corear las canciones. Los críticos sesudos me miraban con mala cara, pero a mí me daba igual: era mi momento de lucirme y no lo iba a dejar pasar. Como me conozco, tengo claro que esa película la voy a ver muuuchas veces en las próximas semanas. Y me la pienso aprender de memoria.
Para sentirme un poco Diana Ross, como le pasa a Beyoncé en Dreamgirls. Y siempre que llegue a casa, tras caminar con paso firme por Chueca, me pondré el nuevo disco de Kylie Minogue, que tiene título parecido a la película, Showgirl. Otro despliegue de plumas y glamour que me ayuda a superar la cuesta de enero sintiéndome una chica triunfadora y sofisticada. Haz como yo, y verás la vida de otro color. Más rosa.