Texto Narciso León
Ilustración www.ivansoldo.com
Podríamos petardear sobre Ian McKellen. Recordar que tuvo un lío de túnicas shakespearianas con Derek Jacobi o que sus éxitos cinematográficos tardíos, como Verano de corrupción o X-Men, suenan a títulos de cine porno gay. Que es amigo de Monica Lewinsky (verídico) o que aprovechó las ansias de Brendan Fraser por ser actor serio para despelotarlo y meterle mano en Dioses y monstruos.
Pero no. Nos quitamos el sombrero ante McKellen, Sir Ian McKellen para ser exactos, no solo por recibir el premio Donostia en el Festival de San Sebastián (el primero para un actor abiertamente gay), sino porque es todo un ejemplo de compromiso no sensacionalista con la causa homosexual.
A pesar de que su nombramiento como Caballero del Imperio Británico fue lo último que hizo Margaret Thatcher como primera ministra, McKellen ha sabido reivindicar la normalidad de su condición con el esplendor de su talento, con la discreción de su profesionalidad y con un concepto de versatilidad que no es precisamente la suma del activo y el pasivo.
Aprendió a actuar para zafarse del ‘bullying’ en la escuela. Y el instinto de supervivencia se tradujo en un don único. Las tablas británicas pronto apreciaron una presencia capaz de transmitir delicadeza y tiranía, que era elegante e implacable. Los premios Olivier se convirtieron en sus mejores amigos, Shakespeare en su patio de recreo... Arrasó con Bent y, además, en Broadway se llevó un Tony por dotar de envidia la mediocridad de Antonio Salieri, el antológico antagonista de Amadeus.
¿Qué necesidad tenía McKellen, entonces, de traspasar el prestigio para llegar al gran público? Ninguna, pero después de que Brian Singer le diera un papelón de nazi en Verano de corrupción, no pudo negarse a ser Magneto, víctima del Holocausto, en la superadaptación de X-Men.
Y de ahí a que Peter Jackson pensara que Ian le iba como anillo al dedo para el Señor de los mismos, donde fue un perfecto Gandalf... Y entonces la gloria. McKellen se sabía famoso, pero ahora era legendario.
Atrás quedan sus hitos interpretativos como su amarga recreación de James Whale, artífice del primer Frankenstein del cine. Delante solo queda el Oscar. Y todo eso con el plus de ser anciano y gay. “A veces me ha tentado volver dentro del armario. Pero estaría demasiado apretujado con un montón de actores”, dijo una vez. Chapeau, Sir Ian, chapeau.