Nunca pensé que me pasaría algo así, pero está claro que una no está segura ni en la fiesta más chic y exclusiva del mundo. El caso es que mi amigo Paco Arango, siempre rodeado de la jet set, me invitó a un evento benéfico que se celebraba en el Casino de Madrid, y yo, con tal de poder tocar y oler a Isabel Preysler, allá que me fui.
Vestida de Sepu Vintage y con complementos de mi amiga travesti El Huracán de Torrejón, me planté allí rezumando un glamour más empalagoso que el de Tita Cervera en las inauguraciones de su museo. Solo soñaba con el momento de la gran foto de familia que iba a salir publicada en el ¡Hola! ¡Por fin se me iba a ver en todo mi esplendor en esa revista, que estudio con tanto afán que a veces me siento como Rachel Weisz en la nueva película de Alejandro Amenábar, dispuesta a cambiar el mundo según paso las páginas.
El caso es que al final me sentí más como Sissy Spacek en Carrie, humillada y atontada. Porque algún gracioso (¿o graciosa?) debió pensar que tendría su punto echarme un buen chorro de GHB en la copa en un momento de descuido, y ríete tú del –para mí, excesivo– desmayo de Tamar Novas en Los abrazos rotos; mi caída fue instantánea y en plancha, casi igual de aparatosa que la de Alaska en el Palacio de los Deportes de Madrid recientemente.
Mientras estaba desvanecida, soñé que despertaba en brazos de Rafael Medina, pero cual no sería mi sorpresa cuando abro el ojo y me veo en las cocinas del Casino, hecha unos zorros, mientras un guardia de seguridad (que me recordaba horrores a Enrique del Pozo) me abanicaba con el Interviú que llevaba en portada a Chiky.
¡Qué despertar más malo! Y no te creas que se preocuparon por mí o me dijeron “Preciosidad, tranquila que ahora mismo te trae Gonzalo Miró un cucurucho helado como el que se le desparrama por el pecho en el último Shangay Style”. Nada de eso, a la calle con malos modos y con mi modelazo hecho jirones.
Al salir tampoco me esperaba en la puerta un galán tipo Chace Crawford para hacerme sentir estrella de la nueva temporada de Gossip Girl; no, estaba mi amiga La Reina Cotilla de Hortaleza, que me arrastró a un antro de Chueca para ver su show de transformismo. En el que se atreve incluso con la canción maldita del momento, La noche es para mí de Soraya. Dicen que desde su descalabro eurovisivo da mal fario cantarla.
Yo no acabo de creérmelo –peor es atreverse a canturrear un estribillo de Álex Ubago, hazme caso–. A mí me da igual que la ningunearan en Europa; de hecho, el punto de mártir que tiene ahora me gusta.
Lo que más rabia me da es que Melody seguro que se ha alegrado de la desgracia de su compañera de profesión; seguro que piensa que su rumbita pachanguera habría funcionado mejor.
Y lo triste es que probablemente hubiese sido así. Pero en ese caso nos habríamos perdido a Soraya vestida como si fuese una patinadora artística, y solo ese modelón y la pedazo de sombra de ojos que lució bien merecen el repaso que le dieron...