Fue un pionero de la fotografía de moda, y también de los primeros en elevarla a la categoría de arte. Casi veinte años después de su muerte, Madrid acoge una antología del periodo más importante de Guy Bourdin, el realizado en la década de los setenta para la revista Vogue, que cambió por completo la forma de mirar la moda.
Texto Gorka Goenaga
Posiblemente por decisión propia (Bourdin rechazó incluso recoger un Premio Nacional de Fotografía que le ofreció el ministerio de cultura francés), la vida de Guy Bourdin sigue siendo hoy un misterio. Que uno de los más grandes fotógrafos de moda franceses de todos los tiempos permanezca como una incógnita para el gran público no hace sino aumentar el interés que suscita su trabajo. Hijo de una madre soltera que lo dio en adopción al año de nacer, no fue hasta finales de la Segunda Guerra Mundial cuando entró en contacto con la fotografía, mientras cumplía el servicio militar en las Fuerzas Aéreas francesas, destinado en Senegal. Allí aprendió el oficio. A su regreso a París, a principios de los cincuenta, comenzó a exponer en galerías sus dibujos y pinturas, una parte inicial de su trabajo apenas conocida. Paralelamente, expone también fotografías. Es en el curso de estos años cuando conoce a Man Ray, que lo introduce definitivamente en el mundo del arte justo cuando el surrealismo, la que será su mayor influencia, está dando sus últimos coletazos. En 1955 comienza a fotografiar para Vogue. En un principio, sus imágenes, ya de por sí desconcertantes, se convierten en el reclamo de portada de la revista; no será hasta la década siguiente cuando realice completos editoriales de moda para sus páginas centrales, y las de otras revistas como Harper's Bazaar o Photo.
Desde el comienzo, Bourdin destaca como un pionero en el uso del color. Su capacidad para dotarlo de fuerza compositiva y para saturarlo hasta darle un aspecto escultórico a figuras y objetos posiblemente no haya sido aún igualada. También desarrolla otra de sus claves estilísticas: la importancia del marco, del decorado y el ambiente, en la mayor parte de sus trabajos. Esto, la narratividad surreal y el mensaje hermético, osado y con un humor bizarro, sin prejuicios, le permitirán reinar a partir de la década siguiente.
En 1967, Bourdin recibe el encargo de fotografiar las campañas publicitarias del zapatero Charles Jourdan (luego haría lo mismo con Issey Miyake, Claude Montana o Gianfranco Ferré). Un trabajo que acomete con una audacia tan radical que lo consagrará definitivamente. Fotos de moda donde a veces apenas aparecen las piernas de la mujer, rematadas por esos tacones estilizados y deleitables, tomadas siempre como un detalle más de una foto narrativa y sugerente. Piernas, traseros, medias y zapatos que lo catapultarán como referente de un fetichismo aún desasosegante y excitante. Y reflejos de cierto erotismo lésbico que lo convertirán en icono de una nueva feminidad gloriosamente ambigua.
Es en los setenta cuando el fotógrafo desarrolla la parte más conocida e influyente de su obra, precisamente la recogida por la exposición organizada por la Comunidad de Madrid: 75 imágenes del periodo más fértil de su carrera, retratos velados de su musa y modelo Nicolle Meyer, a la que conoció con 17 años y que protagonizó casi todas las campañas para Jourdan. La muestra también incluye algunas de las películas que, a partir de 1957, Bourdin realizó con su cámara de súper 8: vistas de paisajes urbanos mezcladas con capturas voyeurs de jóvenes y niñas de una extraña poesía esteticista. Bourdin es posiblemente el fotógrafo que más ha influido en las generaciones posteriores: decididamente importante en la carrera de Albert Watson (que lo definió como "lo más parecido a un artista que existe en este negocio"), Ellen von Unwerth (que también fue modelo suya), David LaChappelle, Nick Knight o Jean-Baptiste Mondino, al que sus herederos demandaron por plagiar ostentosamente (él siempre habló de homenaje) muchas de sus imágenes en el videoclip Hollywood que realizó para la mismísima Madonna.
Guy Bourdin: a message for you se puede visitar en la Sala Canal de Isabel II (C/Santa Engracia, 125 · Madrid) hasta el 9 de enero de 2011.