De ANG LEE Con DEMETRI MARTIN, IMELDA STAUTON, EMILE HIRSCH, LIEV SCHREIBER EE UU, 2009.
La memoria es un mecanismo perverso que tiende a cargar de romanticismo nuestros recuerdos y margina todo lo que un día nos provocó dolor o angustia.
Por eso, es fácil caer en la mitificación cuando narramos experiencias vividas en primera persona. Ser objetivo era el principal reto al que debía enfrentarse el cineasta Ang Lee a la hora de plasmar en imágenes los recuerdos de Elliot Teichberg, quien de forma involuntaria desempeñó un papel fundamental para que en el verano de 1969 pudiera celebrarse el Festival de Woodstock en un apacible pueblecito.
Un acontecimiento considerado el punto de inflexión del movimiento ‘hippy’ y de toda una década, la de los 60.
Por fortuna, Lee se ha dejado seducir lo justo por la leyenda, y ha optado por retratar la ingenuidad, la honestidad y la esperanza de una generación que creyó que el cambio era posible.
Esa transformación de las viejas reglas es mostrada a través de la liberación sexual del propio Elliot, quien por cierto, pocos días después de Woodstock, participaría en los disturbios de Stonewall –que marcaron el punto de partida del Orgullo Gay– y terminaría por convertirse en uno de los activistas gays más reconocidos de Estados Unidos.
Para Ang Lee, regresar a la comedia, en este caso mezclada con melodrama y cierto tono documental, habrá supuesto también una liberación tras varias tragedias seguidas (Brokeback Mountain, Deseo, peligro).
Sin embargo, Destino: Woodstock es una cinta menor en su filmografía.
El reparto está excelente, su primera media hora funciona bien, pero el guión adolece de excesiva estereotipación, de falta de desarrollo de personajes secundarios fundamentales, como el organizador del festival, Michael Lang, y de una redundancia narrativa que obstaculiza su ritmo.